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¿El Verbo se hizo teoría?

Redacción (Miércoles, 30-10-2013, Gaudium Press) Los dos testamentos se unen maravillosamente con el eslabón del misterio inefable que tuvo lugar en una humilde casa de Nazareth, cuando el Ángel del Señor anunció a María y ésta concibió por obra del Espíritu Santo. La Encarnación es el centro y el ápice de la historia humana.

Desde entonces, la persona de Cristo, el esperado de las naciones, pasó a ser la referencia necesaria para la salvación. Ni la ley, ni la Escritura, ni el conocimiento, ni las buenas obras bastan. «(…) Solo Cristo es el mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente» (LG 14).

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Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, entra en el tiempo y revoluciona, por así decir, los esquemas en vigor en la religión judaica, pero sin contestar en nada la santidad de la primera alianza y cuidando de que en el Nuevo Testamento se cumpla hasta la última coma de la ley. Es la novedad dentro de lo eterno, originalidad única que se hunde en el misterio.

«El Verbo se hizo Carne». En este sencillo enunciado tomado del Evangelio de San Juan que recitamos en el Ángelus, se saluda a las principales verdades de la fe: la Encarnación del Hijo de Dios, por cierto, pero también la Trinidad de Dios, la alianza de Dios con el hombre, la santidad de la revelación contenida en la Sagradas Escrituras, el misterio eucarístico, la maternidad divina de María, etc.

Llamamos, con razón, «Palabra de Dios» a todo lo que está contenido en las Sagradas Escrituras. Se trata de un texto inspirado y, por lo mismo, infalible. En la Misa, después de las lecturas, proclamamos con fe ¡Palabra de Dios!

Pero con más propiedad aún, debe llamarse Palabra de Dios al propio Jesucristo. Él es el Verbo de Dios por excelencia, Su Palabra definitiva, la manifestación más perfecta y acabada de su amor. Con belleza literaria y con rigor teológico el discípulo amado nos lo enseña en el preámbulo de su Evangelio: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios…».

Esta verdad tiene consecuencias importantísimas para nuestra vida de fe. Entre otras, nos sirve para penetrar en lo que es la Eucaristía, misterio de amor.

Jesús se hizo carne, no solo para padecer ofrendando su vida para el rescate de la humanidad, sino también para quedarse en alimento y ser comido. Él nos salva con el precio de su sangre derramada, pero también con la vitalidad de su carne que se da en el banquete Eucarístico y nos transforma, dándonos la Vida Eterna.

Es por eso que la celebración de la Última Cena instituyendo la Eucaristía y la inmolación de Su cuerpo en el Calvario, constituyen un solo acontecimiento salvífico que los cristianos deberíamos entender, amar y vivir con mucho más intensidad.

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Esa dimensión indispensable les falta, por ejemplo, a tantos hermanos separados que se dicen cristianos pero que no celebran la Eucaristía. Tienen como suprema manifestación de Dios a un libro: la Biblia. Libro sagrado, sin duda, pero libro al fin. Para muchos de ellos, se diría que el Verbo no se hizo carne sino que se hizo libro… Así, el cristianismo sería una serie interminable de capítulos y de versículos que están contenidos en los libros santos que, por su vez, se recogen en miles de hojas de papel encuadernado. Y la fulgurante revelación, esa alianza viva y eficaz que está contenida en la Eucaristía, nada significa para ellos.

El Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 113 hecha luz cuando recoge lo que sigue: «(…) Según un adagio de los Padres, «Sacra Scriptura principalius est in corde Ecclesiae quam in materialibus instrumentis scripta (La Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos). En efecto, la Iglesia encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura».

«Memoria viva» y no letra muerta. El Verbo se hizo Carne y no se hizo libro. Esa «carne» tiene, entonces, un sentido espiritual y otro literal. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo; nosotros, pueblo de Dios, somos sus miembros y formamos, con Cristo cabeza, el cuerpo completo de esa «memoria viva»; es su sentido espiritual. El sentido literal se realizó hace dos mil años en la Encarnación, pero siempre se renueva y perpetúa en la Eucaristía, que es una encarnación continuada que hace presente al Señor que viene a vivificarnos con su Carne y con su Sangre.

En definitiva, el cristianismo -el catolicismo, más propiamente- no es una teoría contenida en libros sagrados ni tampoco una vivencia subjetiva y sentimental que cada cual realiza a su antojo. El cristianismo es una Persona concreta, modelo de vida, con la cual debemos configurarnos. No hay mejor medio para eso que adorar y comer ese Cuerpo nacido de María y presente en la Eucaristía.

La Eucaristía es la mejor escuela de vida cristiana. San Agustín escribió: «Nadie comparte esta carne sin antes adorarla». El itinerario del camino rumbo a la Vida cuenta con tres etapas sucesivas: primero, la adoración. Después la comida y, como consecuencia, la transformación o conversión.

P. Rafael Ibarguren, EP.

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