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Sacramentos: los mejores regalos que el Padre nos dio

Redacción (Jueves, 21-11-2013, Gaudium Press) Nuestro primer padre, Adán, fue creado en el Paraíso con todos aquellos dones que querríamos poseer: la ciencia infusa, dominio sobre los animales, impasibilidad, inmortalidad. Esto, además de todos los dones sobrenaturales infinitamente superiores en importancia, tales como el estado de Gracia, la concesión de parte de Dios de todas las virtudes infusas y de los Dones del Espíritu Santo, todos estos en grado inconmensurable, una vez que era la primera criatura humana creada por el Padre Eterno.

¡Cuán magnífica, extraordinaria y excelsa era la vida de Adán en el Edén! Además de todos esos beneficios, conversaba con el propio Dios de tarde. Era blanco de enorme predilección por parte de su Creador, al punto de que éste, en su Infinita Sabiduría, viéndolo solo, en el paraíso, le envió una compañera. No siendo bastante, todavía lo hizo rey de la creación entera.

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Bautismo de San Ignacio de Loyola – Santa Casa, Loyola

Apenas un mandamiento Dios le estableció: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y el mal no comerás, porque en el día en que de él comieres, morirás indudablemente» [1].

A pesar de todos los beneficios y gracias concedidas, de todos los grandiosos favores dados por la Divina Providencia, Adán no cumple este mandato. ¡Cuánta infidelidad, cuánta no correspondencia, cuánta ingratitud! Él podría comer de todos los frutos del Paraíso [2], los cuales eran de enorme belleza y, ciertamente, poseían sabores inefables [3]. ¿Por qué fue a comer justo de aquel único prohibido?

Por una tentación de orgullo inducida por la serpiente [4], el más astuto de entre los animales del paraíso [5], Adán y Eva cometen esa enorme falta la cual transferiría de generación en generación todos los efectos de esta desobediencia: el Pecado Original. Con tal indisciplina nuestro primer padre pierde todos aquellos beneficios, o sea, podrá morir, perderá aquel dominio que poseía sobre todos los animales, tendrá que comer el pan con el sudor de su rostro [6]. Y como Dios es justiciero y castiga a los que le son infieles [7], le retiró todos los dones sobrenaturales. Adán perdió el estado de gracia, las virtudes, los dones, fue expulsado del Paraíso. Tendrá que recuperarlos ahora a través de la penitencia de una vida entera.

Ciertamente, Dios podría haber acabado con aquello que había creado y después recrear de otro modo sin el pecado de Adán, pero Dios lo permitió de esta forma. La Historia de la humidad continuará. Adán y Eva tienen dos hijos: Caín y Abel. Ya al inicio de la Sagrada Escritura cuánta infidelidad de aquellos que no poseían más las cualidades de su padre, antes del pecado. Caín, por envidia de las ofrendas hechas por su hermano Abel, lo mata. [8]

¡Cuántas faltas cometería todavía la descendencia de Adán! Basta recorrer las narraciones de la Sagrada Escritura: son pecados que llevan a Dios a acabar con toda la Humanidad a través del Diluvio, exceptuando a Noé y su familia; el Señor del universo confunde la lengua de los hombres que se enorgullecían construyendo la Torre de Babel; al liberar al pueblo judío de la esclavitud de Egipto, prometiéndole aquella tierra de donde corre leche y miel, los ve reclamando en el desierto la falta de agua, de carne, y construyendo un becerro a fin de adorarlo en lugar del Dios de los dioses y Señor de los señores.

En fin, los hechos serían innúmeros. Pero, delante de tantas infidelidades y no correspondencias a los designios de Dios, ¿cómo actuó Él?

«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una Mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se encontraban debajo de la ley y para que recibiésemos la filiación adoptiva» [9]. ¡Cuánta misericordia, clemencia y bondad! Delante de todos los pecados la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarna y se hace hombre, para morir en la cruz, redimir nuestros pecados y cumplir en toda su plenitud las promesas hasta ahí hechas, además de darnos, en todo, el ejemplo, a fin de que podamos ser perfectos como nuestro «Padre celeste es Perfecto» [10].

Como si fuese poco el que el Verbo de Dios se hiciese carne, nos dejó la Santa Iglesia fundada por Él, de su costado abierto por la lanza, y las siete señales sensibles de la Gracia que nos conceden la Gracia, nos fortalecen en la virtud y nos hacen alcanzar el Cielo: los Sacramentos.

Los Sacramentos de la Nueva Ley, instituidos por el propio Dios para producir la gracia en el alma [11] son, tal vez, los mayores regalos que nos son concedidos a nosotros, sus ingratas criaturas, a fin de que podamos cumplir nuestra finalidad con mayor facilidad y consciencia: conocer al Creador, amarlo y servirlo, para que, así nos salvemos.

Estas señales sensibles de la Gracia no actúan como los también llamados Sacramentos, de la Antigua Ley, pues después de la venida de Nuestro Señor Jesucristo es Él mismo que actúa, por tanto, su efecto se produce ‘ex opere operato’, o sea, independiente de la virtud que el ministro o el individuo que los recibe tengan. Los Sacramentos de la Antigua Ley, tales como los sacrificios pacíficos, los holocaustos, el chivo expiatorio, la circuncisión, actuaban ‘ex opere operantis’, pues conferían Gracia en la medida de la fe de aquel que los recibía o cumplía.[12]

Tal fue el modo de, incluso después de su Ascensión, Dios permanecer con nosotros y unirnos a Él. Pues con el Bautismo nos es conferida la propia Vida Divina, es borrado el Pecado Original y la Divina Providencia nos concede todos los Dones y Virtudes propias a un verdadero Hijo de Dios. Con la Confirmación somos elevados a la condición de Soldados de Cristo, Él nos hace más fuertes contra la tentación, embustes y trampas del demonio. Nos dejó la Eucaristía, don que ni los Ángeles poseen en el Cielo, pues con él podemos recibir al propio Dios en nosotros. La Confesión, Sacramento a través del cual Dios nos concede el perdón por nuestros pecados que, por infidelidad, tantas veces cometemos. El Matrimonio bendijo con gracias eficacísimas aquello que naturalmente ya era concedido a la humanidad. El Orden el cual hace que simples hombres se tornen personas sagradas y actúen en la propia Persona de Cristo (in Persona Christi). Por último, la Unción de los Enfermos, con la cual, la Divina Misericordia nos da en los últimos momentos de nuestra vida terrena el perdón de los pecados y méritos como si hubiésemos correspondido a todas las gracias recibidas durante nuestra peregrinación en este valle de lágrimas.

Es, por tanto, inmensamente necesario, de nuestra parte, recurrir a esos auxilios prestados por la Divina Providencia, sin los cuales nos sería terriblemente más pesada y difícil la salvación eterna. Además de eso, debemos cada vez más dar gracias a Dios por habernos concedido tales beneficios, esos mejores regalos de los que toda la humanidad tenía necesidad, frutos de su infinita benignidad y provenientes de su Omnipotencia Divina.

Por Pedro Faustino Braga
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[1] Gn 2, 16-17.
[2] Cf. Gn 1, 29.
[3] Cf. Gn 2 ,9.
[4] Cf. Gn 3, 4-5.
[5] Cf. Gn 3, 1.
[6] Cf. Gn 3 ,17-19.
[7] Cf. Dt 5, 9.
[8] Cf. Gn 4, 1-8.
[9] Gl 4, 4-5.
[10] Mt 5, 48.
[11] BOULENGER. Doutrina Catholica. 3ª parte. São Paulo; Francisco Alves Paulo de Azevedo e Cia. 1927. p. 42.
[12] Cf. PHILIPON, M. M. Los Sacramentos em la vida Cristiana. Ed. 2 .Madrid; Palabra. 1980. p. 8.

 

 

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