domingo, 14 de julio de 2024
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Contemplación y Revolución Tendencial, restaurando el sano proceso vibratorio y cognoscitivo humano

El hombre vibra en contacto con la Creación. Pero hay una vibración que puede terminar en la mística, y otra en la esclavizante adicción.

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Foto: Jefferson Santos en Unplash

Redacción (30/06/2024, Gaudium Press) Imaginemos el alma humana a la manera de una guitarra clásica, con sus seis cuerdas, cada una cubriendo un rango de tonalidades y vibrando de una manera propia para producir sonidos variados.

Más o menos las cuerdas de la guitarra se afinan en un rango entre los 80 hertz y poco más de los 300 hertz, produciendo cada una seis notas características; pero cuando se oprime cada cuerda en un traste, acortando así la longitud de vibración, las notas varían. La sonoridad de la guitarra también se modifica un poco dependiendo de si la cuerda es de nylon o de metal, del tipo de madera usada en la guitarra, del grosor de la misma, etc. Son las características particulares de cada guitarra, así como cada alma tiene sus rasgos personales.

Entre tanto, esta posibilidad de generar notas y acordes no varía al infinito, no es expandible hasta el infinito: la cuerda que emite los sonidos más agudos tendrá un rango determinado y limitado, y no se le puede pedir más allá de eso. Y si siempre se le pulsa queriendo obtener un sonido extremo, pues necesariamente se irá desafinando. O si se le pulsa demasiado fuerte, no solo se desafina sino que puede hasta romperse. Por lo demás, la guitarra no es el piano, y no se le puede pedir a una la versatilidad que se permite el otro. Igualmente, por emitir los sonidos de manera diferente, no se le puede pedir a un piano lo que se le pide a un órgano de tubos. Es la maravillosa pero real diversidad de instrumentos, así como mucho más diversas son las almas de los hombres.

Las cuerdas del alma humana

¿Cuáles serían, en esta metáfora, las cuerdas del alma humana? Son los cinco sentidos exteriores, que se unen en el sentido común, y luego se ‘intelectualizan’ en lo que la filosofía tomista llamaba de cogitativa”, esto es, la facultad interna del hombre que reúne de forma unificada los datos que aportan los sentidos internos, le suma y compara a elementos de la afectividad y la memoria y los suelta preparados para que sobre esta percepción trabaje la inteligencia, de manera análoga a como de la unión de las notas individuales de cada cuerda de la guitarra, sumadas, surgen los acordes, y de los acordes las músicas.

Pero claro, así como una guitarra con sus cuerdas sin vibrar y en reposo no ha cumplido su misión, así el alma que no recibe noticias de sus sentidos se siente frustrada de forma fundamental (ciertamente es por eso que la prisión es algo tan traumático para el hombre, pues el alma se ve altamente restringida de las novedades que normalmente le aportan los sentidos).

Sin embargo, lo contrario también es cierto: si se tocan las cuerdas con una fuerza desmedida o en demasía, no siguiendo ciertos ritmos o leyes adecuados sino en tropelía, lo que de ahí resulta es el ruido molesto y la cacofonía, cuando no la ruptura de la guitarra. Así el alma: si se llena desordenadamente de noticias de los sentidos, y en una intensidad que constantemente tiende a lo máximo, pues se atrofia porque ya el propio sentido común va tener dificultades en unificarlos, y la cogitativa no tendrá ni tiempo ni espacio para prepararlos para el trabajo de la inteligencia. Escuchaba en estos días la conferencia de una afamada psiquiatra, que repetía una vez más lo ya sabido, y es que está comprobado que uso de tablets y aparatos electrónicos a temprana edad —esos que normalmente consiguen impactar abrumadoramente los sentidos de los infantes— atrofia el desarrollo de la corteza pre-frontal, que es donde en el cerebro se ubican las capacidades de control de conducta y funciones cognitivas superiores. En palabras más simples, el desorden en los sentidos emburrece…

Pero es claro que la vorágine en el sentir y sentir sin mucho pensar, en la cual está enviciado el mundo moderno, no solo afecta a los chicos, también a los grandes, causando también efectos de atrofia de sus facultades superiores.

Porque sí, nuestra alma y cuerpo están hechos para ‘vibrar’ cuando toman contacto con las maravillosas y diversas creaturas de la Creación de Dios, pero en las ‘frecuencias’ adecuadas, con los ritmos apropiados, variados, armónicos y en la determinada ‘amplitud de onda’ para la que fue ‘construida’ el alma humana, no más que eso.

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Foto: Alexandre St-Louis en Unplash

Además cada alma es diferente, por lo que un alma ‘oboe’ no debería querer vibrar como un ‘alma platillos’, ni un alma ‘tigre’ debería querer vibrar como un alma ‘conejito’, sino que cada una debe buscar, respetar y favorecer el sello propio que el Señor le imprimió y en el cual quiere que se desarrolle. Pero sobre todo, las almas no deben querer vibrar constantemente con las estridencias del “estilo rock”, que son placenteras como al inicio es placentera la droga, pero que al final terminan destrozando el equilibrio y el alma.

Revolución Tendencial

En este sentido, Revolución Tendencial en la concepción del prof. Plinio Corrêa de Oliveira sería la acción destinada a quitarle al alma la posibilidad de vibrar armónicamente, normalmente atosigándola con inundaciones de vibraciones a lo loco, a lo rock.

Decía un día el propio Dr. Plinio que antes del pecado original el hombre iba tomando contacto con los diferentes seres de la creación, de una manera serena y contemplativa, su espíritu vibraba con ellos, y a partir de esta vibración no solo iba formando la idea conceptual de cada ser sino que también iba percibiendo su aspecto simbólico, es decir, el por donde cada cosa reflejaba una cualidad espiritual, tanto humana cuanto divina.

En este sentido, la contemplación de la Creación era toda una lectura de catecismo en la que el hombre iba aprendiendo y conociendo cada vez más como es Dios, pero en la que también el hombre iba formando su propio espíritu, pues al admirar los reflejos de Dios en el orden creado, estos reflejos a su vez lo iban moldeando y perfeccionando, de acuerdo a su sello particular.

Así, el hombre contemplaba por ejemplo un armiño, esta contemplación le producía sí un placer sensible, pero el proceso no terminaba ahí, sino que a la par que iba formando la idea de armiño él iba percibiendo las cualidades simbolizadas por el armiño, como la pureza, la agilidad inocente, y esto lo iba encantando, formando y haciendo admirar cada vez más a Dios ahí reflejado. Y así con todo.

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Leer también: El Armiño, los deleites sapienciales y los deleites no sapienciales: cuando la Revolución comenzó

Pero con la caída en el pecado original, estos procesos se entorpecieron, de manera tal que el hombre tiene tendencia a ‘vibrar’ como no debe –particularmente en demasía, en remolino caótico, lo que trae como consecuencia la intemperancia y los vicios– y por ello le es penoso llegar a los conceptos de las cosas y alcanzar el significado simbólico de las cosas, que es el jugo más exquisito del proceso intelectivo humano. Si a la acción del pecado original se le suma la de la Revolución Tendencial, por ejemplo la desarrollada por el agitado e impactante cine tipo Hollywood, el resultado es el hombre medio animalesco y esclavizado a los sentidos de hoy, que solo vive para sentir alocadamente, atrofiando su alma.

Solo la gracia, la primacía de la gracia

Técnicas como el yoga o el feng shui u otras del género, además de ser con frecuencia una puerta de entrada al maligno, llegan para prometerle al hombre la restauración de este contacto sano, amplio y primigenio que el hombre tenía con el Universo, cuando contemplaba con templanza y de forma armónica la maravilla de la Creación. Promesas falsas, porque el desorden tras el pecado original y la posterior acción de la Revolución solo puede ser solucionado por la gracia de Dios, que es la que de fondo tiempla la sensibilidad, y fortalece y prepara las facultades superiores. Solo usa bien de la Creación, saca de ella el más puro elixir teórico y simbólico, y no se deja esclavizar por ella, quien tiene templanza, y la templanza total, máxime hoy, solo es posible con el auxilio de la gracia, esto es, quien acude a sacramentos y reza.

Además, el desorden tras el pecado original solo puede ser reparado de fondo con el componente del sufrimiento, usando lo que Plinio Corrêa de Oliveira llamaba de “aptitud sufritiva”, esto es “una especie de capacidad y necesidad de sufrir”.

En fin, relación con la Creación pero mediada por la templanza, para que no entremos en ese fruto típico de la Revolución Tendencial que son las vibraciones locas, y tengamos solo vibraciones armónicas. Pero como esto solamente se logra con la gracia, pues rezar, que de esta manera hasta el propio Universo nos irá formando con sus reflejos divinos. Y sin menospreciar el papel purificador del sufrimiento, pues el oro que tiene impurezas necesita pasar por el fuego para purificarse, algo enteramente sobrellevable con el auxilio de la gracia.

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Así, amaremos realmente nuestras almas; así, en lugar de ser cacofonía, seremos notas prístinas, que ayudarán a componer la maravillosa sinfonía de ‘buenas vibraciones’ y armonías que Dios y su Madre Santísima quieren que sea el conjunto de la Creación, para que ella glorifique por completo a Dios. Así, iremos descubriendo ya esta maravillosa posibilidad de sinfonía del Universo, conociendo las posibilidades sinfónicas de todos los elementos de la Creación, especialmente los humanos.

Por Saúl Castiblanco

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Foto: Eberhard Grossgasteiger

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