miércoles, 17 de agosto de 2022
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Contrastes entre la paz del mundo y la paz de Cristo

No hay, en el relacionamiento humano, una palabra tan confusamente comprendida como la palabra paz.

Redacción (05/06/2022 14:52, Gaudium Press) A todo momento, y en todo lugar, escuchamos esta palabra, apenas de tres letras, de gran significado, pero que los hombres, a lo largo de la Historia, no han logrado conquistar. No hay en el relacionamiento humano una palabra tan confusamente comprendida como esta palabra: paz.

La interpretan de modo subjetivo, es decir, dejándose llevar por sus sentimientos, preferencias o pensamientos. En realidad, la paz es objetiva, atiende a los hechos y la lógica, no a sentimientos o sensaciones, tiene existencia real e independiente, designa una circunstancia real.

Hoy en día, es triste decir, no hay paz en las familias, no la hay en las escuelas, en los trabajos, en la sociedad en general, menos aún entre las naciones. La paz no existe. ¿Por qué?, se preguntarán, pues simplemente, porque Dios fue puesto de lado, cuando no suprimido, del relacionamiento humano en las naciones. Primero ha ocurrido en el orden individual y se fue extendiendo, gradualmente, a la sociedad humana en general.

Todos desean la paz

La paz es un tesoro que atrae con fuerza irresistible, que todos la desean, hasta los que hacen la guerra. La paz, en el decir de San Agustín, es la tranquilidad del orden, tranquillitas ordinis. Ese orden armonioso de sus partes que se siente, por ejemplo, cuando hay paz en el propio cuerpo. Esa concordia bien ordenada, esa distribución de los seres iguales y diversos, asignándole a cada uno su lugar (La Ciudad de Dios, XIX, 13, 1).

Algunos consideran que hay paz cuando no hay asaltos, secuestros, crímenes o guerra, podrá ser tranquilidad, pero no es paz. El elemento esencial de la paz es, más que la tranquilidad, el orden. Cuando hay tranquilidad sin orden, no es paz, apenas es una calma, como la hay en los pantanos o en los cementerios. Para que haya paz es preciso esa tranquilidad, ese sosiego, esa serenidad dentro del orden.

Dos momentos especiales nos relatan los Evangelios, entre tantos otros, en que la paz entra en escena: en el anuncio a los pastores de Belén, del nacimiento del Redentor, una legión del ejército celestial alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14); así como en el primer encuentro de Nuestro Señor Jesucristo con sus apóstoles, el domingo de Resurrección, que les dijo, estas bellas y especiales palabras: “la paz sea con vosotros” (Lc 24, 36).

Pero, al mismo tiempo, encontramos en los Evangelios un contraste al respecto de la paz. Jesús, antes de la Ascensión a los cielos, hace una singular diferenciación. Les dice a seguidores: “La paz os dejo, mi paz os doy”, haciendo a continuación una afirmación que desentona: “no os la doy yo como la da el mundo” (Jn 14, 27). Estableciendo que hay una paz verdadera, la de Cristo, y una paz falsa, la del mundo.

Aparecen en escena dos amores: uno es el amor a Dios que trae la verdadera paz; el otro es el amor a si mismo, que es el amor al mundo, que no trae una verdadera paz, sino, por el contrario, una paz falsa.

La paz viene de Dios – La guerra, del alejamiento de Dios

Bien decía Monseñor Joao Scognamiglio Clá Días, fundador de los Heraldos del Evangelio, en una antigua homilía: “A partir del momento en que el mundo abrió las puertas para la idea de que Dios no existe, de que yo soy enteramente señor de mi consciencia y que hago lo que quiero, el impulso que viene del fondo del alma, es en el sentido de romper con la ley de Dios, del primero al décimo Mandamiento, con lo que, las puertas al robo, a la mentira, a la calumnia, al crimen, a violar el sexto y el noveno Mandamiento, quedan abiertas para todo”.

Fue preocupación de todos los Pontífices hacer comprender el camino a la paz verdadera. Lo decía San Juan Pablo II afirmando que: “El restablecimiento de la paz sería también de corta duración y

totalmente ilusoria si no se diera un auténtico cambio del corazón”, “la guerra nace verdaderamente en el corazón del hombre que

peca”, “¿No explica esto quizá que el corazón del hombre vaya a la deriva sin llegar a hacer la paz con sus semejantes sobre la base de la verdad, con genuina rectitud y benevolencia?” (1-1-1984). Por su lado, Benedicto XVI aseveraba, muchos años después: “Germen de oscuridad y de negación de la paz es el pecado en todas sus formas” (1-1-2013).

De las causas de las discordias que afligían al mundo moderno simplemente respondía San Juan Pablo II: “La causa más

profunda de todos los desacuerdos en el mundo es el abandono de Dios por parte de los hombres. Quien no vive en paz con Dios difícilmente puede vivir en paz con el prójimo” (2-5-1987).

Comenzando el 13 de mayo de 1917, en Fátima, Portugal, en una secuencia de mensajes que duraron hasta el 13 de octubre, la Virgen advertía que el mundo, ya en aquel tiempo, estaba dando las espaldas a Dios; alertando sobre las terribles consecuencias.

A 105 años de esos acontecimientos, estamos ante el aparecimiento del terrible fantasma de una hecatombe nuclear mundial, como también de desastres económicos que lleven a una escasez de alimentos verdaderamente desastrosa. Vemos que el mundo – con sus ilusiones y fantasías – no trajo la “tranquilidad” prometida.

Compenetrémonos de que la paz debe ser definida, no en función de los hombres, sino en función de Dios. Concentremos nuestras oraciones pidiendo la paz de Cristo en el Reino de Cristo, para que todo llegue a tener un florecimiento hecho de tranquilidad y de orden, que ocurrirá, cuando naciones enteras practiquen la Ley de Dios. Ahí tendremos la verdadera paz en toda la faz de la tierra.

Recordemos que la Santísima Virgen, siendo Madre, espera de nosotros “un auténtico cambio del corazón”, una enmienda, un pedido de perdón, un pedido de ayuda. Que ponga su mirada sobre nuestras familias y nuestras naciones. Que abra los ojos de todos para comprender la gravedad de la situación del mundo en los días de hoy. Que nos ampare en estos momentos terribles que vienen por delante.

La paz se hace cuando el hombre se vuelve para Dios y reza diciendo: “hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo”. Será la paz verdadera y cantaremos con el Salmo: “Oh Dios, que te alaben todos los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (66, 4).

(Publicado originalmente en La Prensa Gráfica de El Salvador, 5 de junio de 2022.)

Por el P. Fernando Gioia, EP

www.reflexionando.org

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