Solo el dieciocho por ciento de los primeros matrimonios contraídos entre 2010 y 2012 había terminado en divorcio a los diez años, frente al treinta por ciento de los celebrados en la década de los setenta.

Foto: Jeremy Wong Weddings / Unplash
Redacción (08/08/2026 13:10, Gaudium Press) Las parejas que se casaron en la década de 2010 presentan tasas de divorcio marcadamente inferiores a las de las parejas que contrajeron matrimonio en décadas anteriores. Ante esa tendencia, los promotores católicos de la pastoral matrimonial en los Estados Unidos celebran el dato, pero insisten en que el trabajo no ha hecho más que empezar y en que el sostenimiento de los matrimonios ya existentes es tan urgente como la preparación de los que se avecinan.
Los números
Según los datos del Institute for Family Studies, el treinta por ciento de los primeros matrimonios celebrados en la década de 1970 había terminado en divorcio a los diez años. En cambio, solo el dieciocho por ciento de los primeros matrimonios contraídos entre 2010 y 2012 se había roto al alcanzar ese mismo plazo, una proporción que se mantuvo aproximadamente estable durante el resto de aquella década. Las tasas de divorcio vienen descendiendo, en términos generales, desde la década de 1980.
Esas cifras desmontan además una de las leyendas más repetidas de la conversación pública sobre la familia: la de que la mitad de los matrimonios acaba roto. Únicamente los primeros matrimonios iniciados en los años setenta superaron el cincuenta por ciento de probabilidad de terminar en divorcio al llegar a su quincuagésimo aniversario. La cohorte de los años cincuenta se movió en torno al treinta por ciento, y la de los sesenta apenas rebasó el cuarenta.
El reverso: se casa mucha menos gente
El cuadro tiene, sin embargo, una cara sombría. Un informe de la Heritage Foundation publicado en mayo constata que en los últimos cincuenta años la nupcialidad se ha hundido: si en 1962 más del noventa por ciento de los estadounidenses de entre treinta y treinta y cinco años estaba casado, en 2025 la proporción ha caído al cincuenta y cinco por ciento.
Grant Bailey, subdirector de la Get Married Initiative del Institute for Family Studies, sitúa el origen del fenómeno en la revolución que trastornó la familia occidental. «La revolución del divorcio de los años sesenta y setenta trajo tasas de divorcio crecientes en todos los grupos, con las más altas entre las parejas que se casaban a los veintipocos años», explica.
La primera explicación del descenso posterior es la edad: «Los adultos empezaron a casarse más tarde, lo que reduce el riesgo de divorcio, y como resultado vimos caer la tasa agregada de divorcio desde los años ochenta en adelante». Pero Bailey advierte de que ese factor, y otros semejantes, ya no explican por qué siguen cayendo hoy las tasas de divorcio.
La razón que apunta es incómoda: «Al menos parte del descenso de las tasas de divorcio se debe a una población más selecta», lo que él mismo describe como el lado ciertamente oscuro de un hallazgo por lo demás positivo. «Hoy se casan menos adultos, pero las parejas que sí se casan parecen más comprometidas que las de décadas recientes», resume. Con todo, considera que el mensaje que debe llegar al público es que «un matrimonio logrado no es echar una moneda al aire y que es posible formar una vida familiar estable y feliz en la actualidad».
Empezar por el propio matrimonio
Mary Rose Verret, cofundadora junto a su marido Ryan del ministerio matrimonial Witness to Love, reconoce que no abundan los datos sobre las causas del fenómeno, aunque intuye que la gente se está tomando el matrimonio un poco más en serio. Su receta es de una sencillez desarmante: «Empieza por tu propio matrimonio. Empieza invirtiendo en tu comunidad parroquial. Invierte en tu diócesis».
Verret insiste en que la clave está en sostener a quienes ya se casaron, y no solo en preparar a los novios: «Cuanto más podamos hacer por fortalecer los matrimonios ya existentes, eso es lo que va a bajar la tasa de divorcio y aumentar el número de parejas felizmente casadas que son verdaderos testimonios». El argumento tiene una vertiente misionera evidente, porque el ejemplo arrastra o desalienta: «Si no ves a tu alrededor parejas casadas felices, no vas a querer casarte». Y añade: «No hay nada más importante que preparar a la próxima generación de parejas y familias». Su conclusión es esperanzada: «Si lo hacemos bien, la tasa de matrimonios subirá y la de divorcios bajará».
Los Verret dirigen Witness to Love desde 2012 y llegan a parejas comprometidas y ya casadas mediante formatos muy diversos. En 2024 el Papa Francisco los nombró consultores del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.
Una contrarrevolución
Ryan Verret, que ha escrito abundantemente sobre la materia, encuadra el momento presente en una clave más amplia. Recuerda que el Papa Juan Pablo II situó en sus escritos el matrimonio y la familia como una contrarrevolución frente a las tendencias destructivas del modernismo, y se pregunta si no estamos asistiendo a algo semejante: «Quizá en cierto modo estamos ahora en la contrarrevolución». Y observa un movimiento de fondo entre los más jóvenes: «Desde luego parece haber un movimiento sustancial de jóvenes que regresan a la fe y a lo trascendente».
Decisiones más meditadas
Peter y Sheila Oprysko, del equipo eclesial del secretariado de América del Norte de Worldwide Marriage Encounter, aportan la perspectiva de quienes trabajan con parejas a pie de obra. «Sabemos que la gente se está casando más tarde», señala Peter Oprysko. «Así que cuando toman una decisión, han pasado tiempo conviviendo con ella, pensándola, y al final salen con ella. Hay ahí una decisión más permanente».
Oprysko subraya que su programa no es una línea telefónica de crisis, sino un marco de comunicación para toda la vida. «Las estadísticas del matrimonio logrado no ocurren por accidente», advierte. «Ocurren cuando las parejas invierten en su relación y aprenden las habilidades para comunicarse en profundidad». Dice estar viendo una mayor intencionalidad a la hora de alimentar ese compromiso, pero rechaza cualquier triunfalismo: no se puede ser complaciente y hay que seguir saliendo al encuentro. «Estamos intentando cambiar el relato», resume.
Sheila Oprysko atribuye buena parte del cambio a una recuperación religiosa entre los jóvenes, que están volviendo a la Iglesia. «Están entendiendo qué es nuestra fe, y están empezando a entender que el matrimonio es un sacramento», explica. Destaca también el valor del acompañamiento posterior: «También tienen después una comunidad de parejas casadas, así que se dan cuenta de que cuentan con aún más apoyo».
Para explicar la necesidad de ese cuidado continuado recurre a una comparación doméstica: uno lleva el coche a mantenimiento, y los sacerdotes hacen retiro una vez al año. «Uno hace algo por sí mismo espiritualmente. También hay que hacer algo por el matrimonio», concluye.
Reconocimiento romano y una cita en octubre
Worldwide Marriage Encounter, programa de enriquecimiento matrimonial, ha sido reconocido este año como asociación internacional de fieles de derecho pontificio. En el acto celebrado en Roma en el que se leyó el decreto, seguido de una audiencia papal, tanto el cardenal Kevin Joseph Farrell como el Papa León XIV hablaron de la importancia del matrimonio, para la familia y para la Iglesia.
El horizonte inmediato es el encuentro de obispos sobre matrimonio y natalidad que el Vaticano acogerá el próximo mes de octubre. El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida ha indicado que en él se tratará el acompañamiento a las familias en situaciones complejas, como el abandono, la separación y el divorcio.
Con información de National Catholic Register / Infocatólica




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