jueves, 06 de agosto de 2020
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El Espíritu Santo y el pecador

¿Está el pecador fuera del ‘radio de acción’ del Espíritu Santo’?

Redacción (24/05/2020 18:44, Gaudium Press) Nos preparamos para la fiesta de Pentecostés, que la Iglesia celebrará el 31 de mayo próximo.

Por ello, las lecturas evangélicas de la liturgia de estos días ya preparan la fiesta, hablan de la acción del Espíritu Santo, de su llegada, de como fue infundido por Cristo cuando resurrecto visitó a los apóstoles, etc.

Pero un pecador – que al final, todos lo somos – podría sentirse muy lejos de la acción del Espíritu Santo, podría percibirse como tan alejado de ese Ser divino, que no vale la pena ni intentar recurrir a su ayuda.

Evidentemente esta actitud es errada: “Los santos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”, dice el Señor (Mc 2, 17) y para ellos vino, y para ellos emite su Santo Espíritu.

Es claro según la doctrina católica, que en el alma en pecado grave no habita el Espíritu Santo, ni se encuentra esta en posesión de los 7 dones del Espíritu: Temor de Dios, Fortaleza, Piedad, Consejo, Ciencia, Inteligencia y Sabiduría. No los tiene, y eso constituye una calamidad.

Pero ocurre que el principal don del Espíritu Santo es Él mismo, que se quiere unir a nosotros: “El primer gran don de Dios es el propio Espíritu Santo, que es el amor mismo con que Dios se ama y nos ama. De Él dice la liturgia de la Iglesia que es el don del Dios Altísimo: Altissimi donum Dei”. 1 Y si Él quiere unirse, solo es cuestión de que nosotros le abramos las puertas.

De este primer gran don [que es Él mismo] proceden todos los demás dones de Dios, ya que, en último análisis, todo cuanto Dios da a las criaturas, tanto en el orden sobrenatural como en el mismo natural, no son sino efectos totalmente gratuitos de su libérrimo e infinito amor”, afirma también el P. Royo Marín. 2 Entonces, tenemos a todo un Dios, que nos ama, que quiere unirse incluso con el pecador, y que para ello dispone de todos los medios: sólo es obstáculo nuestra voluntad, porque si queremos, Él tiende los puentes.

Tenemos pues la siguiente situación: ahí está el pecador con sus cualidades, inteligencia, voluntad y sensibilidad, y con su pecado; y en torno de él, el Espíritu Santo amoroso que quiere darle sus dones y dirigir su vida. Y por tanto, está el pecador cerrando la puerta a ese Dios amoroso, que lo quiere, pero al que le es infiel.

Se plantea entonces la pregunta: ¿cómo ser fiel al Paráclito?

Primero, todo es una gracia, que Dios ofrece. Esta gracia en concreto, la de la fidelidad, es “la lealtad o docilidad en seguir las inspiraciones del Espíritu Santo en cualquier forma que se nos manifiesten”. 3 Entonces, es preciso buscar la humildad, saber que hay Alguien gigantesco y maravilloso que nos está hablando, y que no lo escuchamos.

Esas inspiraciones de Dios, en el alma del pecador, siempre tienen como objetivo la conversión, el cambio de vida, el acceso a todos los instrumentos para ello, es decir, sacramentos, oración, pedido de gracia, etc.

Más claramente lo explica San Francisco de Sales: “Llamamos inspiraciones a todos los atractivos, movimientos, reproches, y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros previniendo nuestro corazón con sus bendiciones (Sal 20, 4), por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, excitarnos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, a amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todos cuanto nos encamina a nuestro bien eterno”. Dios Espíritu Santo no siempre actúa directamente, a veces “se vale del ángel de la guarda, de un predicador, de un buen libro, de un amigo; pero siempre es Él, en última instancia, el principal autor de aquella inspiración”. 4

Llama el P. Royo Marín a la docilidad y fidelidad al Espíritu Santo como “EL PROBLEMA FUNDAMENTAL DE LA VIDA CRISTIANA”: “La preocupación casi única del alma ha de ser la de llegar a la más exquisita y constante fidelidad a la gracia”, 5 dice.

Es preciso pedir a la Virgen, que nos dé esa gracia, que pase por encima de nuestras miserias y rigideces, que nos tornemos esclavos de Ella, para ser esclavos de las inspiraciones del Espíritu Santo, su Divino Esposo.

Por Carlos Castro

1. Antonio Royo Marín. El Gran Desconocido – El Espíritu Santo y sus dones. BAC. 1998. p. 95

2. Ídem.

3. Ibídem, p. 210.

4. Ibídem, pp. 210-211.

5. Ibídem, p. 212.

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