El Papa León XIV ha publicado su primera encíclica, titulada Magnifica Humanitas. O Babel o Jerusalén, es la disyuntiva.

Foto: EWTN News
Redacción (25/05/2026 08:35, Gaudium Press) El Papa León XIV ha publicado su primera encíclica, titulada Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El documento, firmado el 15 de mayo coincidiendo con el 135.º aniversario de la Rerum novarum de León XIII, ofrece un amplio desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia frente a los retos de la era digital.
Una elección decisiva para la humanidad
La encíclica abre con una imagen contundente: la magnífica humanidad creada por Dios se encuentra ante una elección decisiva entre levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Esta disyuntiva estructura todo el documento y le da su tono de tintes proféticos.
Para iluminar la cuestión, el Papa recurre a dos imágenes bíblicas. Babel representa un proyecto concebido sin referencia a Dios, sustentado por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización; su resultado no es la unidad sino la dispersión. Frente a ello, el relato de Nehemías muestra cómo la ciudad de Jerusalén renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes, en una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras.
Aplicando estas imágenes al presente, el Papa advierte que la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, trabaja unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna.
“Nuevos asuntos” de nuestro tiempo
Evocando el lenguaje de las Rerum novarum, el Papa identifica la digitalización, la IA y la robótica como las grandes transformaciones que interpelan hoy a la Iglesia. Señala que la técnica no debe considerarse en sí misma como una fuerza antagónica respecto a la persona, puesto que es un hecho profundamente humano vinculado a la autonomía y libertad del hombre; pero subraya que nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma.
Uno de los diagnósticos más incisivos del documento es el del poder tecnológico concentrado en manos privadas. A diferencia del pasado, cuando eran principalmente los Estados quienes impulsaban y orientaban la innovación, hoy los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos, lo que hace el poder tecnológico aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
La Doctrina Social, gran patrimonio
El primer capítulo traza un recorrido por el Magisterio social desde León XIII hasta Francisco, mostrando la continuidad y el dinamismo de esa tradición. La Doctrina Social de la Iglesia se presenta no como un manual de normas que aplicar, sino como un camino de discernimiento comunitario que nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, nutriéndose de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas.
Dignidad humana: fundamento irrenunciable
El documento señala como especialmente insidiosa la ideología que sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, atribuyendo mayor valía a quienes son más eficientes y productivos; en esa perspectiva, la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados y no es reconocida como fin en sí misma.
Frente a ello, el Papa reafirma la doctrina de la Dignitas: una dignidad con rasgos infinitos, que se fundamenta inalienablemente en el propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre. En este marco, el documento reitera que el primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho, y que cuando este derecho fundamental es negado —como sucede con el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas.
Técnica, IA y la grandeza de lo humano
El capítulo tercero, dedicado directamente a la inteligencia artificial, reconoce su valor como herramienta, pero traza líneas claras. El Papa alerta sobre las visiones transhumanistas y posthumanistas que prometen superar los límites de la condición humana, señalando que el verdadero ‘más que humano’ no viene de la máquina sino de la gracia: el humanismo cristiano propone una plenitud que ninguna tecnología puede ofrecer.
Verdad, trabajo y libertad bajo amenaza
El capítulo cuarto aborda tres bienes fundamentales amenazados por la transformación digital. En materia de verdad, el Papa pide una ecología de la comunicación y una alianza educativa que incluya un papel central para la escuela. Sobre el trabajo, recuerda que la automatización y el desempleo tecnológico no pueden evaluarse solo en términos de eficiencia, sino a partir de la dignidad del trabajador. Y en cuanto a la libertad, denuncia las nuevas formas de dependencia digital y mercantilización de la persona como auténticas esclavitudes modernas.
Contra la guerra y por la civilización del amor
El último capítulo confronta la “cultura del poder” con la “civilización del amor”. El documento denuncia la normalización de la guerra y la fuerza sin límites, advierte específicamente sobre el uso de la IA en armamento y señala la crisis del multilateralismo. Frente a este panorama, el Papa llama a desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, relanzar el diálogo y asumir la mirada de las víctimas.
Conclusión: el Magníficat como canto de esperanza
El documento cierra bajo el signo del Magníficat de María. León XIV invita a todos —fieles católicos, cristianos y personas de buena voluntad— a no temer ensuciar las manos en la obra de nuestro tiempo, imitando a Nehemías: orando, proyectando con sabiduría y trabajando con perseverancia, con Dios en el horizonte y el ser humano en el centro de las decisiones.




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