domingo, 17 de mayo de 2026
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Está agrietado… ¡pero se puede arreglar!

En las relaciones que se enfrían o en los proyectos que fracasan por las dificultades, nuestra tendencia moderna es desecharlo. Es más fácil cambiar de amistades, trabajos o ideales que centrarse en el cuidado necesario para reforzar los cimientos de lo que está roto.

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Foto: Ayoub Aallagui / Unsplash

Redacción (17/05/2026 08:18, Gaudium Press) Recientemente, las paredes de la casa donde vivo —un remanso de paz e integración en el campo— fueron testigos de un pequeño drama doméstico que, al principio, parecía solo una molestia material. Con la ampliación de nuestra cocina, compramos un fregadero nuevo, pero como vivimos lejos, la ferretería no lo entregó y tuvimos que transportarlo en una camioneta. Durante el trayecto, debido a la típica negligencia con respecto al pavimento en los lugares remotos —donde termina el asfalto y comienzan los baches— y a los inevitables golpes del vehículo, el fregadero llegó roto. Una grieta profunda selló su destino incluso antes de su primer uso, ya que llegó partido en dos.

La tiranía de la eliminación

La lógica del mercado, esa máquina voraz que solo trabaja para triturar lo nuevo y aplastar lo defectuoso, fue implacable. Cuando buscamos ayuda en marmolerías y especialistas, la respuesta fue unánime, casi como un veredicto judicial: “No tiene reparación”, decían con desdén institucionalizado. Solo un técnico accedió a evaluar el daño, pero el precio que nos cobraron por la reparación fue un verdadero insulto a la inteligencia, muy superior al valor de una pieza nueva.

El mensaje subliminal era claro y cruel: tíralo, deséchalo, dáselo a la basura, compra otro. Vivimos en una época donde reparar se ha convertido en un acto de rebeldía, porque el sistema está diseñado para que reemplazar sea siempre el camino de menor resistencia, aunque sea el que genere más residuos.

El encuentro con la honestidad

Luego fuimos a una tienda de materiales de construcción, de esas que desprenden olor a cemento y prometen un proyecto terminado, en busca de un fregadero nuevo. El objetivo era rendirnos al consumismo. Al preguntar por el precio, el dependiente, un hombre con una serenidad poco común tras un mostrador, se detuvo para comprender la situación. “¿Es con o sin mueble?”, preguntó, no para calcular su comisión, sino para visualizar la necesidad.

Al escuchar la historia de la pieza rota y la cocina sin fregadero, hizo algo que desafía todas las reglas del capitalismo de conveniencia: se negó a vender.

En lugar de intentar vender el producto más caro para cumplir con su cuota diaria, ofreció el camino sencillo y digno de la restauración. Nos presentó un pegamento específico y, más aún, compartió la “receta” para un milagro doméstico. Con la paciencia de un maestro, nos explicó cómo proceder: terminar de desmontar el fregadero, hacer cortes precisos con la herramienta en la parte inferior para crear adherencia, colocar pequeños fragmentos de hierro para dar estructura a la pieza y, finalmente, aplicar el adhesivo que sellaría la herida de la cerámica.

Un ejemplo de humanidad

Aquel hombre no solo vendía un tubo de pegamento; donaba su tiempo y conocimientos para salvar la propiedad de un desconocido. Siguiendo sus instrucciones detalladas, un profesional de confianza realizó el trabajo. Y el fregadero, que una vez estuvo destinado a la basura, ahora sirve a la casa con la dignidad de alguien que ha superado el abismo. Tiene una cicatriz, es cierto, pero es una cicatriz que cuenta una historia de resiliencia.

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre cómo manejamos nuestras relaciones. El mundo moderno parece saturado de personas que quieren vendernos algo a toda costa: un objeto, un utensilio, una idea, un estilo de vida, una solución mágica que ignora las herramientas que ya poseemos. Aquel vendedor, que sin duda tenía facturas que pagar y objetivos que cumplir, eligió el bien de la humanidad. Vio el problema del cliente antes que su bolsillo.

Enseñar a reparar grietas

¿Será que aún somos capaces de ofrecer la solución en lugar de exigir un reemplazo completo? En las dificultades de la vida, en las relaciones que se enfrían o en los proyectos que se resquebrajan bajo el peso de las dificultades, nuestra tendencia moderna es desechar. Es más fácil cambiar de amistades, trabajos o ideales que centrarse en el cuidado necesario para reforzar los cimientos de lo que está roto.

La verdadera sabiduría reside en la mirada de ese hombre: una mirada que no ve solo los “objetivos de consumo”, sino a una persona que busca una solución. Ojalá seamos menos promotores de ilusiones superficiales y más guías para la reparación de nuestras heridas. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestras propias grietas internas. Lo que nos mantiene íntegros y funcionales no es una perfección ilusoria e intocable, sino la mano tendida de alguien que nos enseña que, con la estructura adecuada y el pegamento de la empatía, las piezas pueden, en efecto, convertirse en un todo con propósito.
Por A
lfonso Pessoa

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