martes, 29 de septiembre de 2020
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Europa se agota sin gloria

Muy pocas canciones expresan el alma de un pueblo tanto como Funiculi-funiculá. Se podría decir que en ella está grabada algo de la luz primordial del pueblo napolitano…”

Emperatriz María Feodorovna, óleo de Iván Kramskoj. Museo Hermitage

Redacción (11/09/2020 15:27, Gaudium Press) Muy pocas canciones expresan el alma de un pueblo tanto como Funiculi-funiculá. Se podría decir que en ella está grabada algo de la luz primordial del pueblo napolitano.

Se cuenta que la letra apareció mucho después pero la música fue compuesta a partir de una tonadita que comenzó a silbar un provinciano estudiante universitario italianísimo, mientras subía con un grupo de compañeros y compañeras a lo alto del Vesubio en la inauguración del funicular por 1880. Al poco rato comenzó a tararearla y todo el grupo acompañó. Estaban encantados contemplando el inmenso panorama y experimentando por primera vez la sensación de subir en un funicular a lo alto del majestuoso monte-volcán. Entonces el espíritu alegre y cantarín del pueblo italiano afloró espontáneamente del corazón de esos muchachos.

Europa, nunca hubo tal rica diversidad

El pueblo italiano, como el francés, el español, el alemán y todos los otros pueblos europeos, desarrolló sus cualidades a su manera, en el entorno de sus paisajes, el calor de sus vinos, quesos y gastronomía, a la sombra de su arquitectura tan particular en cada uno de ellos. Sus trajes, sus músicas y sus lenguas fueron un mosaico maravilloso de colores, sonidos y aromas como ningún pueblo en el mundo lo ha logrado. Fue la obra prima de la Iglesia católica extendiéndose por aquellas selvas, pantanos, montañas y valles ignotos que después se transformarían en estos jardines, verdes colinas, lagos azules y bosques encantadores al paso de los humildes misioneros benedictinos y de otras órdenes religiosas, y que hoy los turistas disfrutan pero desconociendo su historia.

Europeos que adiestraron y perfeccionaron razas vacunas, caballares y caninas. Que inventaron instrumentos musicales para interpretar las sinfonías de sus propios geniales compositores. Que desarrollaron ciencia y tecnología. Y después tuvieron la generosidad de compartirlo con otros pueblos del planeta sin encerrarse en su cultura como hicieron chinos y orientales que le tuvieron miedo al mar y a las exploraciones, o a los que tal vez les pudo el egoísmo milenario. Era que Europa estaba a horcajadas del mandato cristiano de ir a todos los pueblos y llevar el Evangelio.

Un continente que una vez fue de Cristo

¿Qué está quedando de todo aquello? Cada día que amanece trae una noticia dolorosa de aquel continente que una vez fue de Cristo completamente y prometía llegar no solo a toda la tierra, sino más allá del espacio sideral, quizá a otros planetas con una ciencia y tecnología mística, orgánica y natural que se embolató en cálculos matemáticos, física cuántica, logaritmos y sofocante cartesianismo porque le faltó amor de Dios y no supo agradecer la materia prima que se le había dado.

Una industria que contamina y un sistema financiero que cada día subyuga más al consumista de hoy, es la caverna oscura en que va penetrando el mundo europeo actual, renunciando acobardado a su natural preponderancia cultural que le está siendo arrebatada por el materialismo siniestro de otros pueblos que optaron por un igualitarismo radical y agresivo.

Provoca ponernos de rodillas y desde otros puntos cardinales de la tierra pedirle a aquellos pueblos europeos que no apostaten, ni renuncien a su vocación. Que sigan explorando lo más profundo de su propia alma porque allí todavía subyace una gracia inagotable, invencible y fecunda que mucha gente de otros continentes todavía admira maravillada.

Por Antonio Borda

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