sábado, 25 de mayo de 2024
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¿Europa se quiere morir? Tasas de natalidad siguen decreciendo

Pero las tasas de natalidad de nacidos en Europa de madres fuera de Europa sigue creciendo.

Familia

Foto: Open-ClipArt Vectors

Bruselas (23/03/2021 15:13, Gaudium Press) De acuerdo al más actualizado reporte de Eurostat sobre el particular, la tasa de fertilidad de la Unión Europea decreció aún más en el año 2019, situándose en 1,53 nacimientos por mujer. La tasa de mero reemplazo poblacional sin necesidad de inmigración es de 2,1.

Después de haber alcanzado un pico de 1,57 en el 2016 – cifra que ya es deficitaria – ha venido decreciendo desde entonces. El país con mayor índice de natalidad es Francia, con 1,86 nacimientos por mujer, y los que menos son Malta (1,14), España (1,23) e Italia (1,27). Pero incluso Francia ha visto decrecer su tasa de natalidad por 6 años consecutivos.

Tasa de natalidad

Un dato específico importante, dentro de estas cifras globales: las tasas de los nacidos en Europa pero hijos de mujeres no nacidas en el continente ha venido creciendo desde el 2013.

Estas últimas cifras difieren de país a país: mientras en Luxemburgo 65% por ciento de los nuevos nacidos lo son de madres extranjeras, en Chipre, Austria y Bélgica son alrededor de un tercio, y en Bulgaria, Eslovaquia y Polonia son menos del 10%.

Parece que las familias sí desean tener más hijos

Un estudio de la asociación familiar francesa UNAF reportó un dato interesante: las familias desearían tener un número más alto de hijos, 2,39, bastante por encima del remplazo poblacional. Entonces, si no los tienen no es porque no quieran sino porque no ven un ‘ecosistema’ favorable a ello.

Parecería que los principales obstáculos a este mayor crecimiento son de tipo económico, como altos costos educativos, de vivienda, y un sistema que no apoya financieramente a las familias.

Pero evidentemente estás las ‘razones’ de tipo social, como el posible impacto negativo en la carrera al tener un niño, no facilidad de guarderías para padres que trabajan, y algo de ‘matoneo’ social contra la maternidad.

Sin embargo pesa fundamentalmente en esa baja natalidad una cultura individualista, donde no se reconoce la felicidad de la vida en familia y de la maternidad, sino que las personas se valoran por lo que producen, por los logros económicos y profesionales que consiguen.

No obstante, las estadísticas lo muestran, esta cultura termina siendo suicida. Y los encargados de las políticas deben pensar en favorecer una cultura social, familiar, no individualista, también con significativos apoyos económicos, pero no solo.

Con información de Eurostat y la Federación de Asociaciones de Familias Católicas de Europa 

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