lunes, 30 de enero de 2023
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Eva Lavallière, Magdalena del S. XX

Sorprende la vida de esta mujer francesa famosa, que se dejó ilusionar por el mundo, demonio y la carne.

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Redacción (25/11/2022 15:18, Gaudium Press) Sorprende la vida de esta mujer francesa famosa, que se dejó ilusionar por el mundo, demonio y la carne, pero Dios pudo más y acabó convirtiéndole, llevándole a abandonar esa situación de “felicidad, placeres, dinero, amistades”, para abrazar a Dios y adquirir la verdadera felicidad y la tranquilidad de conciencia.

Nace Eugenia María Pascalina Fenóglio, la futura Eva Lavallière (1), en Nice-Francia, el 1 de abril de 1866. Sus padres gente sencilla: él era sastre y ella una campesina. Cuando nace María, su madre la recibe con enfado porque era una boca más para comer y en vez de darle leche le daba vino, lo cual le produjo desde niña una enfermedad llamada entérite para toda la vida.

Sus padres vivían peleándose, él era un borracho completo y su madre poco cariñosa, nunca recibió el afecto de sus padres, lo cual le hizo una persona introspectiva, triste, romántica. Tenía talentos que no había podido sacar a luz porque era como una vela colocada debajo de la mesa.

En el colegio le llamaban la hija del borracho y la acusaron injustamente de ladrona. Para colmo de males un día en una de las peleas de sus padres, él disparó a su mujer lleno de rabia y se acabó disparando así mismo; María pudo escapar de ser muerta también.

Se acuerda de su Primera Comunión con gran felicidad, como el día más bello de su vida. Siendo huérfana vive un tiempo con las Madres del Buen Pastor que le tratan con entrañas de caridad, lo cual marca su vida.

Se dedica a coser, siempre siente un gran vacío existencial. Un médico rico se enamora de ella, pero no le interesa y se escapa, quiere suicidarse y cuando va a camino se encuentra nuevamente con el joven médico apasionado, pero huye.

Estando sola en medio de la noche con deseos suicidas se le acerca un joven con no buenas intenciones y al verla tan inocente le lleva a un hotel, le paga la cuenta y no la toca. Uno ve la acción de su ángel de la guardia que la salva en los peores momentos, porque se ve que era un alma escogida.

Entra en el teatro y descubre sus aptitudes

Encuentra un teatro ambulante que la atrae, habla con el dueño y le pide que la reciban; claro, pero vamos ver tus dotes teatrales. La aceptan, pero ya le previenen que el consejo que le había dado su hermano de mantenerse pura dentro de ese mundo va a ser imposible.

Se transforma en una artista consumada con su baile, cantos. Realiza dos presentaciones diarias y tres los domingos. Un Marqués rico se aficiona a ella, y en medio de carruajes y joyas se entrega sentimentalmente a este hombre, que fue quien le recomendó que se cambiara de nombre.

Luego se cansa del Marqués – explicable, el pecado frustra – y se va a París porque aspiraba ser una artista de primera grandeza. Conoce a un empresario aristocrático llamado Samuel “El Magnífico”, un bohemio que a pesar de su mundanismo tenía una cierta devoción a Nuestra Señora y la coloca como actriz estelar en el principal teatro de la ciudad llamado “Varietées”. Trabajan juntos y llegan a tener una hija.

Como la principal artista de la compañía se enferma, Eva le dice a Samuel: dame la posibilidad y el papel que la remplazo. ¿Pero cómo? ¿cuándo va a ensayar?, las presentaciones son ya… Ella se lanza, improvisa y sale muy bien y el público que sabía la situación, lo aplaude de una forma delirante, y se consagra.

A partir de allí la gloria, los aplausos, el dinero, los amantes, la persiguen por años. Los grandes le aplauden, la cercan, la envidian y ella comentaba: “tengo todo, pero soy la mujer más infeliz de París”.

Tenía mucha originalidad: sus dichos, sus gestos, era la muchacha bonita que el pueblo amaba como su ídolo. Quien mirase los periódicos desde 1900 a 1917 podía ver cuánto era querida. Como toda artista estaba llena de extravagancias, caprichos, gasto loco de dinero, amistades pésimas. Los reyes de Portugal, España, Bélgica, Inglaterra la visitaban y le cubrían de regalos.

Tuvo una hija con Samuel, pero también se cansó de este hombre. Su vacío se iba profundizando, al punto que intenta dos suicidios, uno en Inglaterra y otro en París. Cuando había acabado de participar como estrella en “Miquette”, se escapa de la Opera de París, pues no quiere saber nada de aplausos, elogios. Comenta: “la gloria me sofoca” y cada vez me siento más infeliz.

Va caminando, se para en el muro de uno de los puentes para suicidarse, tira su bello manto y cuando se lanza un hombre desconocido la agarra y la salva. Era un dueño de una carroza que le dice: morir sería para mí que tengo 4 hijos y no tengo dinero, pero Ud. que es la estrella Lavallière, no, y le responde: ¿estrella? Pero ni siquiera tengo la luz de un fósforo.

La lleva a su fino departamento en los Campos Eliseos, en la Rue Rivoli. Se ve nuevamente como Nuestra Señora la quería y la salva en el último momento. Así hay almas que Dios las sigue, las persigue, a pesar de las miserias, hasta que las salva.

Continúan sus desvíos, frecuenta sesiones de espiritismo que en esa época estaba muy difundido; qué ironía, en la ciudad de las luces, del racionalismo, del laicismo, un frenesí por el ocultismo, bien se puede decir: ¡Oh revolución cuántos crímenes y mentiras se cometen en tu nombre! En una sesión el “espíritu”, que no es otro si no el demonio, le dice: no puedo entrarte, estas muy protegida, pero voy a redoblar mis esfuerzos para penetrarte y le pide como condición que no se santiguase más.

Poco después conoce un buen sacerdote, el cura de Chanceaux, quien la enrumba y es el instrumento de su conversión. Medita sobre la verdad que el padre le dijo: “eso es obra del demonio” y entonces concluye ella, si existe el demonio, existe Dios; es la lógica del europeo que funciona; en otras ocasiones comenta que su conversión lo debe al demonio.

Conversión

1Estando en 1917, Eva con 51 años, en el auge de la popularidad, sale del mundanal ruido y va con su empleada y confidente Leonia a una ciudad del interior. Ahí conoce al P. Chasteigner, cura de Chanceaux, quien les alquila un castillo para descansar y meditar. Eva lleva 40 años de alejamiento de la casa paterna. Le pregunta al cura: ¿en la Iglesia católica hay espacio para una artista? Claro que y conversan y la gracia de Dios toca el corazón de esta Magdalena arrepentida.

Le obsequia un libro sobra la vida de Santa María Magdalena escrita por Lacordaire. Ella lo devora, y Nuestra Señora toca su alma; empiezan a subir recuerdos de su Primera Comunión. Leonia nunca había comulgado, entonces combinan comulgar las dos; empieza la vuelta a casa, como una oveja descarriada. Se confiesa largamente su vida de pecado, 40 años, y luego comulga, y se siente liberada, con una felicidad interior como nunca.

La penitente

Decide romper con su mundo lúdico y frívolo, aunque el sacerdote le dice que podría volver a París siendo una actriz seria y haciendo bien en su medio, pero ella decide heroicamente que no pisará más el palco y es comprensible porque como dicen los autores católicos, “el perro fácilmente vuelve a su vómito”; por eso mejor dejar de una vez por todas y huir de las ocasiones próximas de pecado.

Fue una decisión sin marcha atrás y lo cumplió hasta su muerte, ¡eso es virtud heroica!

La noticia de su conversión se propaga como pólvora, unos se ríen, otros no acreditan y otros maldicen al cura que le “lavó el cerebro”. Llega a visitarle uno de sus queridos y le llora e implora para que vuelvan, que no podrá vivir sin aquella que es la luz de sus ojos, y ella le responde: no, mi amigo, deje en paz a la vieja Eva, necesito hacer penitencia por ti, por mi, por los que hice pecar, de aquí en adelante sólo Jesús tiene derecho sobre mi vida, porque sólo Él me dio felicidad y paz. Qué respuesta maravillosa, propia de una mujer que avanza a pasos agigantados hacia la santidad.

Abandona París y se va a Lourdes

Vende todo, su departamento, joyas y sale de París y se va a Lourdes. Es tal la consolación que Eva le dice a Nuestro Señor: te pido misericordia, necesito tu cruz. He sido adorada ahora quiero admirar y adorar a quien sí se merece.

Vive en Lourdes modestamente, viste con dignidad a pedido de su confesor, le duele ver a su hija en los caminos pasados de ella. Lleva vida de religiosa sin estar en un convento, porque en varias casas religiosas donde tocó la puerta no le abrieron. Lleva vida de oración, vida de penitencia.

Percibe que debe purgar sus pecados de la carne y bien sabe que es el pecado “que más gente lleva gente al infierno” como lo dice la Virgen en Fátima. Tiene luchas terribles; no vi al demonio, pero lo sentí. El recuerdo de Samuel le tortura y le cuesta olvidarlo, pero así va pagando su pecado.

Víctima expiatoria por la Iglesia

La presencia del Santísimo Sacramento donde se refugia diariamente le va transformando y purificando. Se ofrece como víctima por la Iglesia, quiere salvar almas. Va siempre a la gruta y siente cómo Nuestra Señora le envuelve con su manto de bondad y pureza; también visita a los enfermos. Entra en la piscina del santuario con el agua helada, por la conversión de ella, Samuel y su hija Juana. Vive en un cuarto frío donde el invierno es insoportable, ofrece todo y jamás pensó envolver a su vida pasada; prefería morir a volver a la vida pasada.

Sale de Lourdes porque a los pocos la gente le fue reconociendo y eso le perturbaba. Se compra una pequeña propiedad en la aldea de Thuilliéres y desde 1920 vivirá ahí hasta su muerte.

Sintió un impulso de entregarse a la vida misionera en Tunicia con el Padre Foucauld pero duró poco por el clima duro del África y vuelve a Francia.

Su dinero que no era poco lo distribuye en obras católicas y para las misiones y muere posteriormente pobre. Pero el demonio le tentaba sobre todo en momentos de aridez: no sea boba, Ud. está sufriendo, vuelva a París, todos le adoran, abandone esta fantasía.

La Madre Superiora del Carmelo de Avinhao escribe: no pude aceptarla en el Carmelo porque algunas monjas se resistieron a vivir con una mujer del mundo pecadora, pero yo sí la habría aceptado viendo la rectitud de su corazón. Palpa el martirio de sus numerosas pruebas y siempre admiró en ella su fe y abandono en Dios.

Siempre cantaba la bondad de Dios. Yo estaba en el desagüe y hoy estoy en el aire puro –dice– vivo en el olvido de todos, en la oración, en el abandono total, Él ha sido muy bueno conmigo.

Se ofreció como víctima del Sagrado Corazón de Jesús, quería salvar almas y tenía un total desapego de sí. El P. Oliveiros llega a decir que “Eva fue una de las mayores Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús”. “Quiero sufrir mucho por amor de Aquel que no es amado”. Las almas expiatorias son, como dice Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, las que tienen en sus manos el timón de la Historia.

Se sentía como la oveja descarriada, recogida por Nuestro Señor, que abandonó las 99 para ir detrás de ella. “Siempre sentí al vivo lo que el demonio me dijo en una sesión de espiritismo: ‘estas muy protegida desde lo alto’ pero siempre palpo mi nada y mi miseria me ha ayudado a eso”.

Practicó mucho la humildad, y exclamaba: “la gloria mundana es nada, es viento”. En navidad iba de incógnita por la nieve a rezar con los campesinos a media noche y se contagiaba de la felicidad de ellos.

En cierta ocasión ella donó una fuerte cantidad de dinero para comprar una obra misionera y apareció en el jardín y sacó unas violetas. La directora le increpa, señorita Fenoglio ¿quién le permitió devastar nuestro jardín? Ella solo responde: supongo que tengo licencia de coger algunas flores para Nuestra Señora en un jardín que compré con mi dinero (Pág.124).

Casi hasta el fin de su vida le llegaban muchas cartas de admiradores y de muchos que le pedían que vuelva al teatro.

Últimos días de ella

Dios guía su Iglesia y cada alma en particular y la santidad es dejarse llevar por Él, abandonarse. Cada acto del cristiano dentro de la gracia encierra todas las vocaciones, porque hecho en Cristo, participa de los actos de la Iglesia triunfante, purgante y militante. Eva luchó por perfeccionarme en el amor.

Empieza a quedar establemente enferma, pero acepta todo bien, su cuerpo estaba crucificado; es justo – comentaba ella – que Dios purifique lo que pecó. Hasta el fin de sus días había gente que la atacaba, le acusaron de morfinómana; ciertamente era gente revolucionaria que quería apagar la estela de luz dejada por ella.

Un periódico de París le hace una entrevista: Sufre mucho, sí y cruelmente. Soy feliz, no podeis imaginar cómo es grande mi felicidad, a pesar del sufrimiento, le dice el periodista, sí, a causa de eso. Diles a los amigos de antaño que Ud. vió a la más feliz de las criaturas.

Ofrece sus ojos, boca y cuerpo para reparar sus pecados con esos órganos

Pasó por la noche del alma, arideces. Pero también el martirio del cuerpo. Queda ciega y Eva exclama: Señor sácame la luz de los ojos en reparación de tantos pecados que con ellos cometí e hice cometer. Sus párpados le son quemadas y operadas a sangre frío.

Señor en castigo de mis palabras, gula y demás, castígame en la boca, dice, y le sale abundante pus de la boca llagada y todos los dientes son sacados. Señor toma todos mis miembros y sacrifícalos. Y Nuestro Señor toma todo, inmola la víctima totalmente, queda paralítica, no come nada, no puede digerir, es un esqueleto,

San José, hágase tu voluntad, ven a buscarme, expresa. Muere serena el 10 de junio del 1929, sola, de sus antiguos amigos y admiradores nadie está presente. Aquella que fue estrella en la tierra, va a brillar en el cielo.

Por Gustavo Ponce Montesinos

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1.- Esta nota es inspirada en Eva Lavallière, del P. Oliveiros de Jesús, ediciones Paulinas. De ahí se toman las citas.

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