La verdadera caridad cristiana no elige entre la ayuda concreta y la evangelización. Las une. Porque ofrecer comida al hambriento es un acto de misericordia. Pero ofrecer la luz de Cristo a quienes no lo conocen sigue siendo, para la Iglesia, el mayor de los dones.
Redacción (29/05/2026 12:26, Gaudium Press) Mientras el debate sobre la inmigración continúa en toda Europa, un obispo italiano reitera con contundencia lo que ha constituido el núcleo de la misión de la Iglesia durante dos mil años.
En una carta pastoral titulada “No hay amor más grande”, dirigida a los fieles de su diócesis de Ventimiglia-San Remo con motivo de Pentecostés, Mons. Antonio Suetta reflexiona sobre cómo los cristianos viven su relación con los musulmanes presentes en su territorio.
El prelado comienza con una observación concreta. Durante décadas, su diócesis se ha enfrentado a flujos migratorios procedentes principalmente del norte de África y Oriente Medio. Las comunidades católicas están comprometidas con la acogida, la asistencia y el apoyo a los migrantes.
Pero una pregunta planteada por un voluntario de Cáritas lo conmovió profundamente: “¿Por qué nos comprometemos a brindar ayuda, apoyo y acogida a estas personas sin pensar en ofrecerles lo que más valoramos: la fe y el Evangelio?”
Para el obispo Suetta, esta pregunta toca la esencia misma de la vocación cristiana. Si bien la ayuda material es necesaria, no puede agotar el deber de caridad al que están llamados los bautizados.
El mandato de Cristo de predicar el Evangelio es universal
Según él, una comprensión errónea de la hospitalidad y el diálogo interreligioso ha llevado a algunos católicos a creer que la proclamación explícita de Cristo debe relegarse a un segundo plano, o incluso abandonarse.
Sin embargo, el obispo italiano nos recuerda que la Iglesia nunca recibió de Cristo una misión limitada a la asistencia social. El mandato del Evangelio sigue siendo universal.
Jesús no pidió a sus discípulos que proclamaran el Evangelio solo a ciertos pueblos, sino a todas las naciones. Esta universalidad de la misión también se aplica a los musulmanes. Como ya señaló el cardenal Giacomo Biffi, citado por el obispo Suetta: “La acción evangelizadora es, por su naturaleza, universal y no tolera la exclusión deliberada de quienes la reciben”.
Uno de los aspectos más interesantes de esta reflexión, tal como lo expone La Bussola, concierne a la noción misma de diálogo interreligioso. Lejos de rechazarlo, el obispo subraya su necesidad. Sin embargo, rechaza una concepción del diálogo que relativice la verdad o equipare a todas las religiones.
Diálogo y proclamación del Evangelio se complementan
Según él, el diálogo cumple principalmente la función de la convivencia pacífica y el respeto mutuo. No obstante, también abarca una dimensión más profunda: la búsqueda de la verdad.
“Afirmar que compartimos convicciones comunes no significa afirmar que todas las religiones son iguales”, explica, en esencia. Para Mons. Suetta, reconocer los elementos de verdad presentes en otras tradiciones religiosas no exime a los cristianos de dar testimonio de su fe en Jesucristo, a quien reconocen como el Salvador del mundo.
El prelado también busca corregir ciertas interpretaciones contemporáneas de San Francisco de Asís. Con motivo del octavo centenario de su muerte, nos recuerda que el famoso encuentro del Poverello con el sultán de Egipto en 1219 distó mucho de ser un mero ejercicio diplomático o un diálogo desprovisto de dimensión misionera.
Las fuentes franciscanas muestran claramente que San Francisco deseaba dar testimonio de Cristo y proclamar el Evangelio. Ciertamente, sin violencia ni polémicas, pero con la convicción de que la salvación se ofrece a todas las personas en Jesucristo.
Esta misma lógica lleva a Mons. Suetta a reconsiderar la interpretación de Nostra Aetate, la declaración del Concilio Vaticano II sobre las relaciones con las religiones no cristianas.
Según él, los textos conciliares nunca pidieron a la Iglesia que renunciara a su misión evangelizadora. El diálogo y la proclamación del Evangelio no se oponen; al contrario, están llamados a caminar juntos, respetando la libertad de cada individuo.
En el Juicio Final, los musulmanes podrían preguntar a los cristianos por qué nunca les hablaron de Cristo
La reflexión del obispo alcanza su punto culminante al hablar de la caridad cristiana. Citando a San Pablo, nos recuerda que la mayor deuda que los creyentes tienen con sus hermanos es la del amor. Pero, ¿cuál es el acto de amor más elevado? Su respuesta es inequívoca: “El acto de caridad más elevado es aquel que se orienta hacia la salvación eterna”. Cuanto mayor es el bien ofrecido, mayor es la caridad que lo acompaña. Por lo tanto, ofrecer el conocimiento de Cristo a quienes no lo conocen se convierte en la máxima expresión del amor cristiano.
Es desde esta perspectiva que formula una reflexión particularmente profunda. Según él, en el Día del Juicio Final, los musulmanes podrían preguntar a los cristianos por qué nunca les hablaron de Cristo.
Una fórmula que puede parecer sorprendente, pero que refleja una convicción profundamente arraigada en la tradición católica: si los creyentes consideran verdaderamente el Evangelio como un camino a la salvación, entonces el silencio no puede presentarse como una forma superior de respeto.
A través de esta carta pastoral, Mons. Antonio Suetta plantea una cuestión que se ha vuelto delicada en muchos países occidentales. ¿Podemos acoger sin dar testimonio? ¿Podemos dialogar sin proclamar?
Para el obispo de Ventimiglia-San Remo, la respuesta es clara. La verdadera caridad cristiana no elige entre la ayuda concreta y la evangelización. Las une. Porque ofrecer comida al hambriento es un acto de misericordia. Pero ofrecer la luz de Cristo a quienes no lo conocen sigue siendo, para la Iglesia, el mayor de los dones.
Con información de Tribune Chrétienne.






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