Los ‘superhombres’ sin gracia: pero ahí está el río, a un milímetro de la raíz seca.
Redacción (30/08/2026 16:02, Gaudium Press) Roma y las ‘Romas antiguas’ agonizaron siempre de la misma manera: por dentro. Por fuera parecían sólidas columnas dóricas, fuertes sobre sus pies de mármol, con sus ejércitos, sus aparatos de gobierno, su cultura, toda su parafernalia. Pero por dentro, estaban siendo consumidas por polillas devoradoras de sus entrañas.
Esos mundos cayeron porque lo tenían todo, menos la gracia, en una historia que ahora estamos reescribiendo.
Al final, lo que vino a traer Cristo al mundo, mas que un mensaje, fue la vida sobrenatural, la vida de la gracia.
Cuando llegó Cristo a esta tierra, toda la base filosófica real, buena, ya estaba construida. Ya Aristóteles había explicado perfectamente la teoría de la virtud natural, de los hábitos buenos y malos, y ya los fundamentos doctrinales de la psicología natural del hombre estaban desarrollados. Aristóteles, tras las construcciones platónicas y socráticas, había definido casi a la perfección lo que era la inteligencia, la voluntad, las pasiones, había sentado las bases de la ética, de la libertad del acto humano, del progreso natural humano. Sin embargo, y aunque asentado sobre la filosofía griega, el mundo antiguo se desplomó, pues le faltaba la gracia, la vida sobrenatural.
Quien recorre por ejemplo Roma, o va a los museos vaticanos, y ve las efigies de gobernantes u hombres ilustres, puede fácilmente encandilarse con la grandeza humana que ahí se percibe: seres de una inteligencia fácil, hombres de voluntad de hierro, capaces de conquistar o doblegar mundos, a la Alejandro Magno, a la Julio César.
Recuerdo en este momento las expresiones del prof. Plinio Corrêa de Oliveira viendo una estatua de Julio César, en quien destacaba unos ojos feos, como feos podrían ser la parte más bella del hombre, pero ojos que despedían una inteligencia rutilante. A manera metafórica, el Dr. Plinio sentía que de la frente del gran conquistador de las Galias, y pasando por su nariz, salían como que cristales diamantinos de lúcidos pensamientos, que iban iluminando lo que se encontraban en un vasto alrededor. Julio César, ese que lloró ante una estatua de Alejandro Magno en la Hispania Ulterior, en Cádiz, lágrimas amargas de rabia pues en comparación con el macedonio y a su misma edad, él no había hecho ‘nada’… El César que después edificó el cesarismo, el que dio apelativo a los zares, a los kaisers.
Realmente esos hombres de la antigüedad tendían a lo superhombres, porque ni César ni Alejandro Magno podrían haber doblegado mundos ni construido imperios si no tuviesen quien los secundasen. Y sin embargo, un día el mundo clásico cayó de podrido, como podrido puede estar un mango que lleva varios días en el suelo, fruta despreciable que no merece ni patearse para ser escondida. La moda de añoranza del mundo pagano solo vino con el renacimiento, porque cuando cayeron los mundos paganos ya nadie los añoraba, de tan malolientes que eran.
Pero, ¿por qué esos súper hombres terminaron así? Porque no vivían de la gracia.
Ellos tenían al coloso de Rodas, a la Ilíada y la Odisea, engrendraron a Esquilo y Sófocles, tuvieron incluso a un Aristóteles, aquel al que Santo Tomás de Aquino llamaba el Filósofo, que lo era por antonomasia. Tenían las 40 provincias subyugadas a Roma, casi dominado al mundo entero; tenían al gran Marco Tulio Cicerón, tenían las 12 tablas y a los grandes teóricos que dieron fundamento al derecho romano; pero no tenían la gracia.
En cambio Cristo trajo la gracia: no que antes de Cristo no hubiese gracia, sino que Cristo trajo el aluvión de la gracia, con sus sacramentos, con su Iglesia, con la liturgia que propicia la gracia.
Y es la gracia la que hace maravillas.
Miremos a los pescadores de Jesús.
En cierto sentido no convenía que entre los primeros apóstoles de Jesús hubiese luminarias, a la manera de grandes filósofos o príncipes, porque los humanos llevados por su naturalismo intrínseco, habrían concluido que era por los dones naturales de esos hombres que se había expandido y triunfado el cristianismo. Recuerdo en este momento, no sé bien si fue en un tonto listado de Time o Newsweek sobre los mayores hombres de la Historia, que no se quiso poner a Cristo en primer lugar porque la difusión del cristianismo se había debido a un tal Saulo de Tarso, que no a Cristo…
Pero no: para mostrar que la verdadera grandeza provenía de la unión con Él por vía de gracia, el Señor escogió como cabeza a uno que pescaba en Galilea, en la tal vez provincia más despreciable del imperio, y a su hermano que también; a un publicano, mercenario que cobraba los tributos de la infamia, despreciado incluso por los propios judíos. A estos los hizo sentar en la misma mesa con Simón el Zelote, de los zelotes, una especie de guerrilleros asesinos, fanáticos anti-romanos; y así podríamos seguir con la mesa de los doce. Claro, a cierta altura escogió también a Saulo de Tarso, pero no por la fina instrucción recibida de Gamaliel el Viejo, sino para mostrar que Él, con su gracia, podía incluso transformar el imbécil fanatismo anti-cristiano en fuego de napalm expansivo, por la causa del Señor.
¿Qué hubiera sido San Pablo, sin la gracia de Cristo? Un orgulloso fariseo fanático más, un sanguinario perseguidor a más, como muchos de esos que ya no recuerdan ni el polvo ni las polillas de las antiguas bibliotecas de Historia. En cambio, por la gracia, fue el Apóstol por excelencia, el gran San Pablo de la espada, el que un día, movido por la gracia, tuvo la santa osadía de reconvenir al mismísimo Pedro, el Papa del Señor.
Esa es la gracia, de la que el Bautista dijo que podía transformar hasta las piedras en otros hijos de Abrahán, gracia que viene fundamentalmente por los sacramentos y por la oración, gracia que abundó en Pentecostés, y que convirtió a los apóstoles timoratos en otros Cristos, fundadores de una civilización que aunque parezca extinguirse es inmortal.
Gracia que está al alcance de una oración, de una confesión, de un pedir a Dios desde la humildad, con confianza, desde la miseria humana.
Tal vez sea por eso también, que despreciamos la gracia.
Naturalistas que somos, tal vez creemos que por ser tan fácil el recurso a la gracia de Dios —algo que se hace simplemente recogiéndose un poco para rezar, o desgranando un rosario— no es algo tan valioso. Decía el Dr. Plinio que como el agua es tan abundante, era medio despreciada; que si escasease un tanto, sería más valorada que el diamante. No obstante, es la gracia la que construye o restaura imperios, y su ausencia la que los aniquila. Imagínense si esto se aplica a imperios, que se podrá decir de hombres.
La gracia es la que de mendigos harapientos nos transforma en comensales de la mesa celestial. La gracia es la que hace generar oasis en el desierto del Sahara. La gracia es ese buque sólido que resiste cualquier tempestad, hasta arribar a buen puerto en medio de la mar en calma. La gracia es la que hace que un papiro carcomido se transforme en pergamino imperecedero. La gracia es la verdadera piedra filosofal, que transforma el hierro oxidado en oro celestial. Es el verdadero ‘gran secreto’ de los alquimistas que buscaban la fórmula para transformar el plomo en oro o en platino. La gracia es la que convierte la arena común de nuestras almas en el vitral más esplendoroso de Notre Dame. Es la que hace que de crisálidas oscuras, no más que torpes gusanos, surjan las más bellas criaturas aladas que surcan el aire. La gracia es la lluvia que hace que de un desierto estéril surja la más pura pradera primaveril. La gracia convierte a un violín desvencijado y deshauciado en instrumento prístino en manos de un Vivaldi.
Gracia, gracia… qué tan olvidada estás, incluso por las personas de fe.
Somos como mendigos, que se encaprichan con el cofre de arena de sus supuestas cualidades y recursos naturales, cuando un paso más allá tiene la posibilidad de abrir los arcanos de las monedas de oro del tesoro real. Somos como el violín de cuerdas rotas, arrumbado, que prefiere seguir en el polvo del desván antes que entregarse a las manos restauradoras e intérpretes del gran Luthier; somos como la raíz ciega que muere de sed sobre la roca, ignorando que a tan solo un milímetro de sus hilos secos corre paciente, solícito y nutriente, el río eterno de la vida, el río de la gracia.
Que la Virgen, la Reina de la Gracia, nos saque del naturalismo, y nos ayude a juntar las manos para rezar.
Por Saúl Castiblanco







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