jueves, 29 de octubre de 2026
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La Pasión de José: cuando el Custodio se sintió pequeño ante el Misterio – Monseñor Juan habla de la Virgen (XIII)

La prueba de San José no versó sobre la santidad de la Virgen o del fruto divino de las entrañas de su esposa, sino sobre su aptitud para custodiarla a Ella y al Mesías.

Desposorio da Virgem Maria e Sao Jose editado

Redacción (29/10/2026 15:56, Gaudium Press) Retomando la serie de notas, sobre la maravillosa obra de Mons. Juan Clá acerca de la Virgen (1), profundicemos en un asunto que tenemos la certeza, se irá aclarando en la Iglesia con el paso del tiempo, y es la prueba que vivió San José cuando percibió que su esposa maravillosa estaba encinta.

Regresando de Ain Karim, cuando la Virgen fue a asistir a su prima ya de avanzada edad en el parto, “San José notó por primera vez las señales de gestación en María. Le quedó clara, entonces, la intervención divina: el Mesías nacería de Ella” (2). Sí, el custodio bendito del Salvador, percibió por una intuición de la gracia, que el fruto de las entrañas de la Virgen era el Hijo de Dios.

En sentido contrario a lo afirmado por muchos, incluso autores píos, Mons. Juan expresa rotundamente que “conocedor de la virtud excelsa de Nuestra Señora, el Santo Patriarca jamás concibió la menor sombra de duda acerca de su integridad, pero la ausencia de alguna palabra suya sobre algo tan evidente constituía para él una enorme prueba espiritual”. (3)

La prueba de San José no versaba sobre la santidad de la Virgen o del fruto divino de las entrañas de su esposa, sino sobre su aptitud para custodiarla a Ella y al Mesías: “Dos silencios lancinantes, cargados de dolor, se entrecruzaban. La Santísima Virgen esperaba con enorme sufrimiento y resignación la iniciativa divina, mientras San José, con su humildad sin tacha, no se atrevía a levantar los velos de un misterio que imaginaba trascenderle. Su mayor amargura era la de no sentirse a la altura de la santidad de María, hasta el punto de pensar que Dios lo hubiese descartado de su misión de esposo y padre virginal. Cada día aumentaba la angustia de San José, así que decidió partir esperando que el Señor perdonase su supuesta infidelidad si tomase distancia del misterio”. (4)

La mera presencia de la Virgen, ya había suscitado en su prima Isabel, por una iluminación de un rayo divino, la certeza gigante de que ella se hallaba ante de la Madre de su Señor, la Madre del Mesías. (Cfr. Lc, 1,43) Sin querer comparar santos, pero la grandeza de San José, a la altura de su misión de Padre putativo de Cristo, era mucho mayor que la de la virtuosa madre del Bautista: ¿Sería que él estaría ciego a lo que sí había percibido Isabel? La misión de San José tenía una relación mucho más directa con el Mesías que la de Isabel: él había nacido para custodiar al Mesías y su Madre. Es claro que todo su ser, su vocación, las luces de la gracia y angélicas, le daban a conocer que Aquella con la que él se había desposado, y que ya mostraba los signos de la Maternidad Divina, estaba muy por encima de cualquier consideración magnifica y previa que él hubiese tenido: María, su Esposa, era también la Madre del Siempre esperado.

No, la prueba de San José no fue con relación a María, fue con relación a él, algo típico de los santos, que siempre se sienten inferiores a su misión.

Él silencio de María, pues, fue interpretado como un cierto desprecio de Dios, que no lo quería al lado de la Inmaculada, y sí, decidió irse. Prueba terrible, porque Él ya estaba unido místicamente y casi ontológicamente a la Reina del Cielo.

Entonces, una noche, en el auge de la laceración de su alma, “discretamente preparó sus provisiones para algunos días y se fue a dormir. El dolor de los santos es pacífico, y más aún cuando no tienen pecado original. Por eso, en el mayor drama de su vida, el Glorioso Patriarca logró conciliar el sueño”. (5)

Pero la Virgen, medianera universal de todas las gracias, tenía un conocimiento exacto del drama por el que atravesaba su esposo, y rezó por él:

“Consciente de la decisión que había tomado su esposo, María pasó la noche en vigilia, suplicando al Niño Jesús que intercediese por él ante el Padre Eterno. A cierta altura de las oraciones, ¡su Hijo la advirtió místicamente de que la prueba de San José había llegado a su fin! En aquel mismo momento, el Ángel se le apareció en sueños a su Esposo y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en Ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un Hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados’ (Mt 1, 20-21). ¡La gran desolación había pasado, la luz de la gracia dispersaba las tinieblas de la prueba! ¡El sacrificio de José había sido acogido por Dios!” (6)

Podríamos titular el drama de este episodio como la Pasión de José. Pero es claro que esta fue una de sus pasiones, de las varias que pasó por su vida, hasta el día en que, acompañado de María y de Jesús, partió para la eternidad después de haber cumplido aquí su misión. Sin embargo, tras el aviso del ángel, José vivió su particular resurrección.

Por Saúl Castiblanco

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1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Volumen II – Los Misterios de la Vida de María: una estela de luz, dolor y gloria. Asociación Caridad y Verdad – Heraldos del Evangelio. Lima. 2021.

2 Ibídem, p. 280.

3 Ídem.

4 Ídem.

5 Ibídem, pp. 280-281.

6 Ibídem, p. 281.

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