martes, 11 de mayo de 2021
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La triple nobleza de San José

La Iglesia celebra a su patrono y custodio.

Redacción (19/03/2021 07:15, Gaudium Press) Parece haber un designio de la Providencia, en esta época de confusión y caos, en que la figura de San José se yerga, para ofrecer una especial protección a los fieles de Cristo, para que sean especialmente amparados por aquel que fue escogido para proteger al Niño Jesús y a María Santísima, la Iglesia naciente.

Pero como así funcionamos los seres humanos, que para verdaderamente amar debemos bien conocer, y como de San José – igualmente por particular designio de Dios – las Escrituras y la Tradición muy poco nos dicen, se nota también que hay una especial intención de la Providencia de por estos días darnos a conocer mejor a quien fue el padre adoptivo del Señor y es el guardián de su Iglesia.

Recordaba el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira que en ese magnífico ser se aliaron la condición de carpintero con la de príncipe de la Casa de David, con lo que su persona cubre como un arco iris todas las dignidades posibles del ser humano. Él era un príncipe-humilde, y así lo escogió Dios, que así haciéndolo, dio testimonio de que era de sangre real como su Madre, y de que amaba la humildad como su Padre, San José.

Decía también el Dr. Plinio que el tamaño de San José, ocultado un tanto por las Escrituras, se podía medir por la misión que le estaba encomendada, que era la de custodiar a todo un Dios Frágil, y a su Madre, la criatura perfecta: a ningún emperador le ha sido ni le será encomendada tamaña tarea. Y para que estuviera a la altura de la misión, Dios quiso un noble por la sangre, un noble por la virtud del espíritu, y un noble por estar para ello en la mente de Dios, en los designios de Dios. Es decir, si San José ya era grande por su sangre, y lo era también por su virtud, cuando asume su rol de padre putativo del Señor, es ennoblecido aún más, a ese título, el cual no fue compartido por ninguna criatura humana.

Designado para su misión desde toda la eternidad

Él tuvo la más alta honra que cabe a un hombre tener, después de la condición de Madre de Dios, que es la de ser Padre del Señor. Y eso no le vino por el casamiento con la Virgen, sino por directa y especial disposición divina: vamos así midiendo quien es San José, desde toda la eternidad.

Lo poco que nos narra las Escrituras, nos confirma en las anteriores disquisiciones, de que su triple nobleza estuvo a la altura del mayor guión de la Historia, el de la Encarnación del Verbo. San José el humilde, se convierte en famoso; así lo quiere Dios, para glorificarlo, y para nuestro beneficio.

Y así como Dios – según el decir de San Luis de Montfort – se constituyó un paraíso para sí llamado María Santísima, el quiso que San José fuese parte de ese paraíso, es decir, la principal misión de San José era ser también paraíso de Dios.

Pero, gracias a Dios, esa no es solo su misión, sino también la de protector de su Iglesia y custodio de los fieles de Cristo.

Pues así como la Virgen Madre genera también a sus hijos en la Iglesia, así San José, que cuidó a la Iglesia naciente cuida también a todos aquellos que integran la Iglesia y se entregan en sus manos: su misión no concluyó con su muerte, como la misión de la Virgen tampoco, ni mucho menos.

¡Qué grandeza la de San José, unida a tamaña humildad!

En buena medida, los hombres aún deben ‘descubrir’ la gigantesca figura de San José. Pidamos eso a Dios, que la conozcamos y la amemos cada vez más, para glorificarlo, y para nuestro propio beneficio.

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