jueves, 16 de julio de 2020
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Lo que no pueden los hombres, sí el Espíritu Santo – Preparándonos para Pentecostés

Todo es gracia, decía la gran Santa Teresita del Niño Jesús. Pero los cristianos no queremos creerlo.

Redacción (27/05/2020 12:09, Gaudium Press) Todo es gracia, decía la gran Santa Teresita del Niño Jesús. Pero los cristianos no queremos creerlo, y queremos solucionar todo con nuestras miserables fuerzas naturales, y no con la fuerza de Dios. Empresa esta destinada al fracaso, pues ya lo dijo Cristo: “Sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5).

Aprovechemos pues estos días previos a la fiesta de Pentecostés, para intentar enraizarnos en esa verdad, de que la principal tarea de nuestras vidas es hacernos dóciles a la voz del Espíritu Santo, a la voz y la acción de la gracia.

Recordábamos en nota anterior, lo dicho por el gran dominico Réginald Garrigou-Lagrange, de que la principal labor de nuestras vidas es ser dócil a la voz del Santo Espíritu, la tercera persona de la Trinidad, pues es Él el único que puede llevarnos a la virtud, y por tanto, al éxito en nuestras vidas.

Voz misteriosa, sutil, pero siempre presente

Lo primero es decir que debemos querer escuchar la voz del Espíritu Santo, la cual “sigue siendo misteriosa. Como dijo Nuestro Señor, Joan., III, 8: ‘El viento sopla cuando quiere; oyes su voz, mas no sabes de dónde viene ni dónde va; así acontece a quienquiera que hubiere nacido del Espíritu’ ”. 1 Es claro, Él, el Espíritu Paráclito no es nuestro lacayo, sino el Señor de Cielos y Tierra. Y es dueño de su gracia, que reparte cuando quiere, como quiere, en la intensidad que quiere.

Pero al mismo tiempo, sabemos que es Dios amorosísimo, y no tiene mayor forma de manifestar su amor que repartiendo su gracia, y hablando dulces palabras a los hombres. Pero su estilo es normalmente misterioso, diríamos sutil. Y por ello, nosotros sí, debemos tener la actitud de un lacayo pronto a escuchar los beneficios que su amo quiere ofrecerle. Debemos “hacernos dóciles a las inclinaciones que el Señor ha depositado en nosotros, y que son como el germen confuso de un futuro conocido por la divina Providencia. Son inclinaciones y encanto por la vida interior y el abandono” 2, por la vida de oración, de unión con Dios, para que en esa unión escuchemos la voz del Espíritu.

Para escuchar al Espíritu Santo, debemos habilitarnos a ello, seguir un cierto proceso

La voz del Espíritu Santo comienza, pues, por instinto, por una ilustración vaga; mas si el alma persevera en el camino de la humildad y de la conformidad con la Divina Voluntad, ese instinto da a conocer a la conciencia su origen divino, no obstante el misterio en que continúa. Sus primeros fulgores podrán convertirse en otras tantas luces que, como las estrellas, nos iluminarán en la noche de nuestra peregrinación hacia la eternidad”, 3 expresa el P. Garrigou-Lagrange. Humildad, humildad, humildad: el primer peldaño para la unión con el Espíritu Santo. Humildad de quien sabe que lo necesita todo de Dios.

¿Me ocurrió algo imprevisto, desagradable? Recójase en oración, y pida al Espíritu Santo luces y fuerzas, luces para entender su voluntad y fuerzas para soportarla y para salir adelante pues todo lo que ocurre o Él lo quiere directamente o lo permite.

¿Tengo alguna duda de qué camino seguir, de cómo hacer tal cosa? Igual, ‘consulte’ al Espíritu Santo, pero no cómo quien llama a una línea de atención telefónica, no. Recuerde que Él es Señor, que es misterioso, es sutil, pero quiere estar unido a nosotros.

En las situaciones difíciles, sobre todo, y al tomar una importante decisión, hemos de pedir luz al Espíritu Santo, y no querer otra cosa que cumplir su voluntad. Después guiémonos sinceramente como mejor nos parezca”, nos dice el dominico ilustre que estamos citando. En realidad, ese pedido de iluminación y fuerza al Espíritu Santo debe ser constante, pues muchas de las ‘pequeñas’ decisiones que tomamos en nuestras vidas, pueden tener gran repercusión. Y si ahí está Él, casi pidiendo que los escuchemos, pues acerquémonos a su locutorio.

Estar poseídos por el Espíritu Divino

El objeto a que debemos aspirar (…) es estar de tal manera poseídos y gobernados por el Espíritu Santo, que él sólo dirija nuestras potencias y sentidos, regule todos nuestros movimientos interiores y exteriores, y en él nos abandonemos enteramente por la renuncia espiritual de nuestra voluntad y propias satisfacciones. Así no viviremos ya en nosotros mismos, sino en Jesucristo, mediante la fiel correspondencia a las operaciones de su divino Espíritu, y el sometimiento de todas nuestras rebeldías al poder de la gracia”, 4 dice el P. Lallemant citado por Garrigou-Lagrange.

Y continúa el mismo sacerdote Lallemant:

¡Qué desgracia tan grande, que permanezcamos insensibles a las divinas inspiraciones! Lo cierto es que no las tenemos en gran estima; preferimos los talentos naturales, los empleos honrosos, la estima de los hombres, y nuestras menudas comodidades y satisfacciones”. “De modo que prácticamente privamos al Espíritu Santo de la dirección de nuestra alma”. 5

En cambio, dice el mismo autor, la docilidad al Espíritu Santo haríanos ver que Él es el verdadero Consolador de nuestras almas, en la incertidumbre de nuestra salvación y en medio de las tentaciones y tristezas de la vida, que es un destierro”. 6

Necesitamos que el divino Espíritu nos consuele en las tentaciones del demonio y en las aflicciones de la vida. Mas la unción que derrama sobre nuestras almas endulza nuestras penas, fotalece nuestra voluntad y hace que encontremos en las cruces dulcísimo sabor sobrenatural”, 7 concluye el dominico Garrigou-Lagrange.

María Santísima y el Espíritu Santo

No pueden concluir ningunas líneas sobre el Espíritu Paráclito, sin hablar de su Fiel Esposa, la Virgen Santísima. Es Ella la que lo atrajo a la Tierra para la encarnación del Verbo. Ella es irresistible a su Divino Esposo el Espíritu Santo. Y Ella es Madre nuestra, solícita a atendernos, incluso aunque su Divino Esposo tenga justa repugnancia de nuestro ser pecador.

Para ser dócil al Espíritu Santo, para atraer la gracia del Espíritu Santo, amemos a nuestra madre la Virgen.

Por Carlos Castro

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1. R. Garrigou-Lagrange. Las Tres Edades de la Vida Interior – Tomo II. Ed. Palabra. Madrid. 1999. p. 798.

2. Ibídem, p. 799.

3. Ídem.

4. Ibídem, p. 802-803.

5. Ídem.

6. Ibídem, p. 804.

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