domingo, 14 de abril de 2024
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Recurramos a la Virgen

Un exorcismo ante los restos de San Francisco de Sales, o cuando el demonio se lamentó de no tener a María.

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Redacción (18/10/2022 11:58, Gaudium Press) Si hubo un santo que luchó sin descanso contra el desánimo, ese fue San Francisco de Sales. San Francisco nació en 1567, en el castillo de Thorens, en Saboya, y murió en Lyon, en 1622. Su canonización se produjo tres años después. Pío IX lo proclamó Doctor de la Iglesia en 1877 y Pío XI lo nombró patrono de los periodistas y escritores católicos en 1923.

Es difícil calcular en su justo valor toda la doctrina que San Francisco de Sales dio a la piedad católica. Todas sus obras destilan el dulce aroma de la paz y la confianza, y son capaces de restaurar el ánimo de cualquier “persona abatida”, lo que le valió el título de “Doctor de la piedad y el consuelo”.

Joseph Tissot, en su obra “El arte de aprover nuestras faltas” –inspirada en la doctrina de San Francisco de Sales– narra un suceso post mortem de este santo que, además de infundirnos confianza, también nos hace crecer en devoción a la Virgen, y pone de manifiesto a nuestros ojos el grado de temor que produce la Santísima Virgen en el infierno.

Recurrir a la Santísima Virgen

Así lo describe Tissot: “Como si incluso después de muerto quisiera continuar la guerra que había declarado contra el desánimo, San Francisco de Sales arrancó al mismo diablo una confesión llena de aliento hasta para las almas más criminales.

Un joven que durante cinco años había estado poseído por un espíritu maligno fue llevado a la tumba del obispo de Ginebra, en el momento en que se llevaba a cabo el proceso de su beatificación. Tardó varios días en curarse y, mientras tanto, fue sometido por el obispo Charles-Auguste de Sales y por la madre de Chaugy a varios interrogatorios junto a los restos mortales del santo. Un testigo presencial relata que, en una de estas ocasiones, el demonio gritó con más furia y confusión, diciendo:

¿Por qué debería salir?

Y la Madre Chaugy exclamó con esa vehemencia que le era propia:

¡Oh Santa Madre de Dios, ruega por nosotros! ¡María, Madre de Jesús, ayúdanos!

A estas palabras el espíritu infernal redobló sus horribles alaridos y exclamó:

– ¡María! ¡María! ¡Vaya! ¡Y yo, que no tengo a María!… No pronuncies ese nombre, que me estremece. Si hubiera una María para mí, como tú la tienes para ti, ¡no sería lo que soy!… ¡Pero no tengo a María!

Todo el mundo se puso a llorar.

– ¡Ay! – continuó el demonio – Si tuviera un solo momento de los muchos que desperdicias, sí, un solo momento y una María, no sería un demonio.[1]

Pues bien. Los que vivimos en este valle de lágrimas tenemos el momento presente de volver a Dios, y tenemos a María para que nos obtenga esta gracia. ¿Quién hay entonces que pueda desesperarse?”

Por Lucas Rezende

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Extraído con adaptaciones de: TISSOT, Joseph. A arte de aproveitar as próprias faltas. São Paulo: Cuadrante, 2003, pág. 48-49.

[1] Relato de la Hermana E.-C. de la Tour, del primer monasterio de la Visitación (Nota extraída del citado libro: “A arte de aproveitar as próprias faltas”).

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