lunes, 06 de diciembre de 2021
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San Alberto Magno, la Virgen le habla y le concede gran memoria; preparador de Santo Tomás

Fue dominico aunque su tío no quería. Profundizó en muchas ciencias.

San Alberto y Santo Tomás

Redacción (15/11/2021 13:34, Gaudium Press) Estaba un día el joven Alberto en Padua, y lo invitaron a escuchar a un monje que visitaba la región, llamado Jordán de Sajonia, que tenía mucha fama. Alberto estaba estudiando en la Universidad Padua, para perfeccionarse en las artes liberales y en filosofía. Dijo pues: “La fama debe corresponder al hombre, por lo que iremos a verlo”. Además lo atraía que el General de los dominicos era alemán, como él.

Cuando lo escuchó, quedó subyugado por la luz que salía del Beato Jordán, y dijo que quería pertenecer a la misma milicia de él. Pero de hecho, el encuentro con el Beato Jordán de Sajonia era una mera confirmación de su vocación a la vida religiosa, porque la Virgen ya se le había aparecido, y lo había invitado a abandonar el mundo. Tenía entonces el bávaro Alberto 20 años.

A los 26 años hizo los votos. Y aunque su tío, que era su preceptor, se opuso, pudo más la vocación, y es que Alberto era de catálogo, de manual, para ser dominico: tenía una aptitud sin par para la doctrina, teología, filosofía, ciencias.

Concluye la teología en Bolonia, y va a enseñar a sus hermanos de hábito en Colonia. Su fama de pensador y maestro aumentan. Profundiza en muchas ciencias: cosmografía, meteorología, climatología, física, mecánica, arquitectura, química, mineralogía, antropología, zoología, botánica y astronomía. Las gentes empiezan a llamarlo Doctor Universal.

Fue también a la Universidad de París. Pasó 50 años de su vida enseñando.

Tiene el mérito de haber introducido a Aristóteles en el pensamiento católico occidental, lo que le dio a la teología unas bases muy sólidas, pues se armonizó el dogma con la recta razón humana. Preparó así el terreno para que entrase en escena Santo Tomás de Aquino.

Santo Tomás y San Alberto Magno

Se dice que Santo Tomás rezaba para conocer algún día a San Alberto Magno. Un día los superiores deciden alejar al novicio Tomás de una familia entrometida en su vocación religiosa y lo envían a Colonia, que tenía de provincial a San Alberto. La Providencia cumple así su deseo. Entre los dos se sella una alianza de ciencia y virtud.

Pero como los santos son contemplativos, y son humildes, pronto San Alberto reconoce la superioridad del Aquinate. Así lo cuenta uno de sus biógrafos: “Llega al extremo de olvidar por completo el valor y el mérito de sus propios trabajos cuando ensalza al Doctor Angélico, como si fuera éste el que hubiera descubierto toda la verdad y hubiera resuelto todos los problemas”.

Se decía que después de que murió Santo Tomás, que lo hizo muy joven, San Alberto no podía mencionar su nombre sin emocionarse.

Alejandro VI lo escoge como obispo de Ratisbona, pues se necesitaba alguien de su porte para atender ciertos problemas. Pero después de cumplir su labor, le pidió al Papa que lo dejara regresar a su vida conventual, lo que le fue concedido.

Se enfrentó con decisión, serenidad y también caridad a los heterodoxos. Pero no dudaba en pintar con todas las tintas la calidad de los herejes: “Los herejes se asemejan a los zorros de Sansón: como estos animales, todos ellos tienen diferentes cabezas, sin embargo están atados por la cola, es decir, siempre están unidos cuando se trata de oponerse a la verdad”, decía.

Dios lo sometió una prueba final, para que llegase reluciente a su corte: dos años antes de morir, perdió su memoria.

Se cuenta que un día, siendo aún muy joven, sintió hartura de los estudios que bastante le costaban y agobiaban, y pensó huir del colegio. Cavilando en eso mientras subía una escalera, cuando llegó al final de los escalones una imagen de la Virgen cobra vida y le dice: “Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí que soy ‘Casa de la Sabiduría’? Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa”, dijo Nuestra Señora. “Y para que sepas que fui yo quien te la concedió, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías”, concluyó la Virgen

Muere el 15 de noviembre de 1280 en el convento dominico de Colonia.

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