Era una visita que restauraba el plan primigenio del Creador para la creación: “Misión diplomática, altamente noble y jerárquica…”
Redacción (23/04/2026 16:46, Gaudium Press) Continuando con las reseñas del maravilloso libro de Mons. Juan Clá sobre la Madre de Dios (1), trataremos en esta sobre los detalles maravillosos de las más sublime ‘visita’ de la Historia, la que hizo el ángel San Gabriel a María Santísima, para anunciarle de parte de Dios si permitía que su seno fuera la sede del Dios encarnado.
Era esta además, una visita que restauraba el plan primigenio del Creador para la creación: “Misión diplomática, altamente noble y jerárquica, que pedía de San Gabriel la habilidad de conducir a Nuestra Señora a refutar, por su estricta obediencia, el «non serviam» de Lucifer al inicio de la creación”. (2)
El encargado de esta misión de anuncio, fue uno de los más altos espíritus angélicos, pues la misión era altísima —debía ser realizada con total tino y diplomacia— y la destinataria era la figura más perfecta de la mera creación: Así lo expresa el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, citado por Monseñor Juan: “El Ángel incumbido de pedir a Nuestra Señora su consentimiento para ello, y de anunciar el misterio de la maternidad virginal, este Ángel llevó el más elevado mensaje que se pueda haber transmitido en toda la Historia. (…) Por otro lado, se mide la importancia del mensajero no sólo por la naturaleza del mensaje, sino también por la importancia respectiva de quien lo manda y de quien lo recibe”. (3)
La misión del arcángel Gabriel debía ser cumplida con mucho tino, pues no solo encontraría el obstáculo de la humildad de María, sino su promesa de virginidad perpetua. Por esto, San Gabriel, solícito, “había estudiado a lo largo de los años el alma de María, y había logrado penetrar en ella profundamente. Conociendo como nadie sus reacciones, llegó a la conclusión de cuáles serían las dificultades que Ella pondría al anuncio divino y preparó los argumentos para refutarlas. El Arcángel contaba aún con especiales gracias de parte de Dios” para realizar tal obra. (4)
Y llega el momento
Llegado fue el momento escogido por Dios para el anuncio que ordenaría la Historia.
“La Virgen Santísima se encontraba rezando sentada, celestialmente absorta en sus reflexiones, cuando San Gabriel se le apareció dentro de una magnífica claridad colorida, suave al principio, que se fue volviendo cada vez más intensa, pero sin llegar a ofuscar la vista. El Arcángel nunca se había manifestado de forma visible a María, aunque ambos ya se hubiesen relacionado por medio de comunicaciones e inspiraciones y Ella supiese distinguir su presencia y su acción”. (5)
Se presenta, y la saluda como la “llena de gracia”, salutación que “grandemente” turbó a la Virgen en su humildad. Sin embargo, el embajador ya había previsto esa reacción, “y, enseguida, le expuso que aquella declaración no iba a perturbar su virtud, una vez que se trataba de una iniciativa de Aquel a quien Ella deseaba servir de todo corazón y ser totalmente flexible a sus designios: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios» (Lc 1, 30). O sea, Él quiso que así fuese, Él la escogió, Él la preparó… ¡Era justo que la depositaria de ese tesoro tuviese conocimiento de él!”. (6)
Entonces le anuncia:
«Concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1, 31-33).
“Ante el anuncio angélico de la Maternidad Divina, la Virgen no acepta de inmediato. Siendo esclava del Señor, quiere obedecer plenamente y, para tal, precisa saber, hasta en las minucias, cuál es su voluntad. Por esta razón, responde: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). (…) En esta escena refulgen también dos de las más bellas virtudes de la Santísima Virgen: la obediencia absoluta y, una vez más, su humildad, tan profunda y sublime como natural en Ella. Concebida sin pecado original y repleta de dones altísimos, cuando quiere conocer la voluntad de Dios no la deduce por sí misma ni busca una revelación directa suya, sino que interroga a otro, insondablemente inferior a Ella en el plano de la gracia” (7): Por gracia, María Santísima era muy superior al Arcángel, y entretanto, busca en la sabiduría de ese espíritu la respuesta al interrogante; pero desde ya acepta el designio divino y manifiesta de forma implícitasu disposición de obediencia ciega y absoluta.
Estas dos virtudes, obediencia y humildad al indagar al Ángel inferior a Ella, refulgen aún más si se considera la especial situación de la Virgen:
“No nos olvidemos de que ese paso constituía para María como que andar en el filo de una navaja. Primero [al casarse con San José], Dios le pidió conciliar matrimonio y virginidad, vía arriesgada a la cual, armándose de confianza, se había lanzado por obediencia. Y el difícil impasse se resolvió con el mutuo voto ratificado con San José, algo inaudito en el Antiguo Testamento, pero que aún correspondía a una solución humana. Ahora bien, el Señor no se contentó con eso, pues para su predilecta Él quería todos los méritos… Entonces, decidió promover una prueba aún mayor: la obligación de conciliar maternidad y virginidad. A primera vista era algo imposible… «para los hombres» (Mt 19, 26), pero no para Dios, porque para Él «todo es posible». El Creador ama tanto la virginidad que jamás heriría el voto que Ella había hecho con el deseo de mantenerse intacta”. (8)
María Santísima, pues, por su obediencia y humildad, lo sería todo: Virgen, Esposa, Madre, Madre de Dios, puente por el cual la Divinidad se uniría con la humanidad, restaurando esta humanidad pecadora. Y para este portento, se valió de la finura de ese Arcángel escogido por Dios desde toda la eternidad.
Por Saúl Castiblanco
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1 Mons. João Scognamiglio Clá Dias. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Volumen II – Los Misterios de la Vida de María: una estela de luz, dolor y gloria. Caballeros de la Virgen. Bogotá. 2022.
2 Ibídem, pág. 226.
3 Ibídem, pág. 227.
4 Ibídem, pág. 229.
5 Ibídem, pág. 230.
6 Ibídem, pág. 233.
7 Ibídem, págs. 234-235.
8 Ibídem, pág. 236.






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