miércoles, 16 de junio de 2021
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San José de Anchieta: para que fuera al Brasil, Dios permite que le dé una enfermedad

El P. Anchieta era un coloso, como evangelizador, hombre de cultura, hombre de acción, amante de la Virgen Bendita.

Redacción (09/06/2021 09:15, Gaudium Press) Hoy la Iglesia conmemora de especial manera a San José de Anchieta, apóstol del Brasil.

El Padre Anchieta nació en San Cristóbal, en la isla española de Tenerife, que es la más grande y populosa de las Canarias.

Llegó de 19 años al Brasil, cuando aún no era sacerdote. Era de los primeros misioneros jesuitas que se establecían en la Tierra de la Santa Cruz. Hacía parte de la comitiva del segundo Gobernador General del Brasil, Don Duarte da Costa, y su primer puerto de arribo fue Salvador, el 13 de junio de 1553.

De familia próspera, su raza era de esa fuerte vasca; su padre llega a las Canarias huyendo de una condena a muerte. A los 14 años ya estaba estudiando en la célebre Universidad de Coimbra, en el Colegio de Artes, profundizando principalmente en literatura, filología y latín.

A los 17 años entra a la Compañía de Jesús. Apenas entrado a la Compañía, lo acomete una enfermedad oseo-articular, la que si progresase le impediría cumplir su sueño de ser jesuita.

Creyeron los médicos de entonces que los aires del Nuevo Mundo lo mejorarían, y por eso fue enviado a América. Y ya en el trayecto hacia el Brasil, su salud se fue recuperando hasta restablecerse por entero. Se cumplía así la voluntad de Dios. Al comando de los jesuitas, viajaba el insigne P. Manuel de Nóbrega, el superior.

Del Salvador los jesuitas deberían ir a la Capitanía de San Vicente, pero una tempestad con muchas características de diabólica se abatió sobre las dos naves que viajaban. La nave de Anchieta encalló, la otra fue estrellada contra las rocas, pero milagrosamente nadie murió.

Una india que Dios quería bautizar

Al día siguiente, el sol brillaba, San José de Anchieta baja a tierra firme, encuentra unos indios, y comienza su labor de evangelización. Va hasta la aldea de los indios, contempla a una india muy enferma, el novicio Anchieta la instruye, la bautiza, y poco después muere la primera natural ya cristiana. Se arregla el barco y sigue su camino a San Vicente. El P. Ancieta tiene la certeza que el accidente de las naves era porque Dios quería salvar el alma de esa india.

Su sed de almas, su alma de fuego que se consumía por difundir el evangelio, sus capacidades naturales y sobrenaturales de comunicador, consigue el respeto de indios y colonizadores.

Pronto inicia su apostolado en las redondezas de San Vicente. Su acción era ligera, meticulosa, apostólica, eficiente. El 25 de enero de 1554, participa de la fundación del colegio de la villa de San Pablo de Piratininga, en lo que hoy es la mayor urbe de América Latina.

El P. Nóbrega le encomendó descifrar la lengua aborigen, el tupí. En solo 6 meses consiguió hablar la lengua de los indios, y al año ya escribió una gramática de la misma. A su vez él enseñaba latín y portugués a los indios, mientras a los jesuitas les enseñaba el tupi. Escribió también un diccionario de tupi, un tratado sobre la flora, la fauna y el clima de la Capitanía de San Vicente.

En el año 1555 calvinistas franceses intentaron establecer una colonia en Río de Janeiro. El P. Anchieta participó activamente en la lucha por la expulsión de los invasores.

Fue provincial de la Compañía entre 1577 y 1587. Recorrió amplios territorios a pie, a caballo y en embarcaciones, evangelizando. La unidad y la catolicidad del Brasil se debe en buena medida a su apostolado y la grandeza de su alma.

Era insigne su devoción a la Madre de Dios, y en su honor escribió el “Poema de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios”, que fue primero escrito en las arenas de la playa de Iperoig. Era un poema erudito, teológico, pero sobre todo desbordante de amor. También escribió obras de teatro de cuño religioso y formativo.

Su presencia y acción era como el de un benéfico huracán de fe.

A los 63 años, murió en un poblado que él mismo había ayudado a edificar, Iritiba, hoy en día Anchieta.

Fue beatificado por San Juan Pablo II y canonizado por Francisco.

Con información de Arautos.org 

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