martes, 16 de abril de 2024
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San José: señal que mandó la Providencia

Durante el viaje de Nazaret a Jerusalén, San José soñó que se le apareció un ángel…” Extracto del libro de Mons. João Clá, San José: ¿Quién lo conoce?

Sao Jose

Redacción (14/03/2024, Gaudium Press) Según las prácticas de la época, Simeón propuso al sumo sacerdote que, como Nuestra Señora era huérfana, su marido fuera elegido directamente por la Providencia. Temía, entre otras cosas, que sacerdotes menos fervientes propusieran a un hombre importante o rico, pero de hábitos corruptos, como consorte de María.

El sumo sacerdote aceptó la sugerencia de Simeón y ordenó convocar pretendientes de buen linaje y vínculos con el Templo, para pedirle a Dios que le mostrara cuál era su voluntad mediante una señal clara.

Entre los diversos candidatos se encontraba San José, a quien Simeón conocía bien por su pureza de costumbres y su santa indignación ante la decadencia del pueblo. Siendo de la casa de David y heredero al trono, las profecías parecían señalarlo como un varón providencial, estrechamente vinculado a la venida del Mesías.

Advertido por el mensajero del Templo, San José se preparó para el viaje con toda diligencia. Tenía entonces veintiocho años.

El día señalado, todos los pretendientes se reunieron en el atrio del Templo. Simeón, con gran solemnidad, les explicó la necesidad de hacer un retiro para pedir a Dios que les ayudara desde el cielo enviándoles una señal.

Luego les pidió que se acercaran y apoyaran sus bastones a los pies del altar de bronce ubicado en el atrio del Tabernáculo. Se acercaron uno por uno, pero no pasó nada. Simeón, al ver a José inmóvil y discretamente al fondo, se acercó a él y le dijo: “¿Por qué no dejas tu cayado? Debemos encontrar un marido para María”.

San José avanzó hacia el altar, decidido y serio. Al apoyar su cayado, de su punta florecieron tres hermosos lirios y una paloma de inmaculada blancura se posó sobre él. La señal estaba dada: el Señor lo había elegido para recibir a María como esposa. Simeón, con el corazón rebosante de alegría, quiso que José encontrara a Nuestra Señora en ese mismo momento.

Encuentro con María

La primera impresión que tuvo San José al mirar a Nuestra Señora fue arrebatadora. María irradiaba tanta luz y tanta gracia, como él nunca podría imaginar. Su pureza, encanto e inocencia revelaban la grandeza de un alma única, superior a cualquier expectativa, pero con una bondad ilimitada, propia de la más perfecta Reina. Se le había concedido una altísima vocación, velada a los hombres comunes por su profunda humildad, de modo que sólo los fieles y justos podían discernir sus virtudes.

En aquel primer encuentro nació un sentimiento de santo temor que llenó el corazón inmaculado de San José: ¿frente a esta sublime Señora, estaría a la altura? Si Dios lo hubiera elegido, ciertamente le daría las gracias necesarias, pero temía no ser fiel.

Por eso, desde ese día comenzó a orar fervientemente, para responder al alto llamamiento de estar cerca de María Santísima.

Luz al final del túnel de la perplejidad

San José, a pesar de haber sido preparado para el matrimonio con Nuestra Señora mediante diversos signos, los guardó en su corazón sin comprender su pleno significado. Cuando fue convocado al Templo, salió con la certeza de que la elección divina no recaería en él.

Cuál fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que los cayados de otras personas no estaban floreciendo. ¿Sería entonces el elegido? En ese caso, ¿cómo quedaría su virginidad? Pero la señal fue clara: los lirios florecieron de su palo seco. Era la voz de Dios que le ordenaba: “¡Cásate!”

Se encontraba ante lo que parecía una contradicción entre dos movimientos divinos: uno, interior pero muy intenso, que señalaba el camino hacia la perfecta castidad; otro, externo y brillante, en el sentido de iniciar el camino de los matrimonios.

No quedaba más remedio que seguir el que indicaba la señal más evidente. Recordó entonces la frase de Abraham cuando subió al monte Moriah para sacrificar a Isaac, el hijo de la promesa: “Dios proveerá” (Gen 22,8).

Unos días más tarde, al encontrarse en privado con María, los dos, guiados por el Espíritu Santo, prometieron mantener total castidad. Él le prometió su virginidad, y Ella le prometió su virginidad, como ya ambos habían ofrecido su virginidad a Dios.

Para San José no fue sorpresa que María le expresara su intención de permanecer íntegra y pura, porque en el momento en que la saludó, después de que florecieron los lirios, había intuido que así sería.

Así desapareció la enorme perplejidad. ¡Qué descanso para su alma! Era la luz al final del túnel de la dura prueba… ¡y qué luz!

(Texto extraído, con pequeñas adaptaciones, del libro San José: ¿Quién lo conoce? Por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP).

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