jueves, 01 de octubre de 2020
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San Nicolás de Tolentino, el que curaba imponiendo las manos

Nuestro Santo de hoy, San Nicolás de Tolentino, agustino, debe su nombre a una promesa.

Redacción (10/09/2020 07:39, Gaudium Press) Nuestro Santo de hoy, San Nicolás de Tolentino, agustino, debe su nombre a una promesa: La peregrinación de sus padres al santuario de San Nicolás de Bari, pidiendo un heredero que no llegaba.

Y cuando al año siguiente llegó el niño ansiado, le pusieron el nombre de Nicolás.

Un día, siendo joven, entró a una iglesia y escuchó la predicación de un famoso fraile agustino. Conmovido por la prédica, quiso entrar a esta comunidad religiosa, donde fue recibido por el P. Reginaldo, quien fue su director espiritual.

Siendo seminarista, y encargado de atender a los pobres, repartía tanta limosna que fue acusado un día ante sus superiores. Pero en esos momentos ocurrió un milagro: colocó sus manos sobre un niño enfermo y le dijo ‘Dios te sanará’, y al momento este fue curado. Los superiores confirmaron que estaban tratando con alguien singular.

Cuando fue ordenado sacerdote, en 1270, ocurrió otro hecho similar: colocó sus manos sobre una mujer ciega, repitió las palabras dichas al niño, y la mujer quedó recobró la vista.

Una voz lo guió a Tolentino

Un día fue a visitar un convento de la comunidad, en el que quiso quedarse, pero al llegar a la capilla oyó una voz que le decía: “A Tolentino, a Tolentino, allí perseverarás”. Después de contarle eso a los superiores, fue enviado a esa ciudad.

Tolentino sufría una gran devastación, en todos los órdenes, por luchas intestinas entre facciones. Dedicó pues su apostolado a enfervorizar a las gentes y a que reinara la paz. El Arzobispo San Antonino, al escucharlo, dijo: “Este sacerdote habla como quien trae mensajes del cielo. Predica con dulzura y amabilidad, pero los oyentes estallan en lágrimas al oírle. Sus palabras penetran en el corazón y parecen quedar escritas en el cerebro del que escucha. Sus oyentes suspiran emocionados y se arrepienten de su mala ida pasada”.

Un día un impenitente fue con un grupo hasta la puerta del templo donde hacía el sermón San Nicolás, para boicotearlo. La prédica terminó conmoviéndolo y entró a la iglesia arrepentido, y luego se confesó. San Nicolás pasaba horas y horas en el confesionario atendiendo gente, movida con frecuencia a la confesión por sus sermones.

Gustaba de recorrer los barrios pobres de la ciudad, donde atendía de todas las formas posibles a las gentes, particularmente ofreciendo auxilio espiritual.

En el proceso de su beatificación, empezaron a surgir abudantemente los milagros que operaba San Nicolás. Y varios testigos afirmaron que él repetía constantemente: “No digan nada a nadie”. “Den gracias a Dios, no a mí”. “Yo no soy más que un poco de tierra, un pobre pecador”.

Muere el 10 de septiembre de 1305, y 40 años después su cuerpo en encontrado incorrupto.

Fue en un sueño que San Nicolás vio que muchas almas del purgatorio le pedían oraciones, lo que él atendió con profusión. Una razón a más para encomendarnos a la intercesión de ese santo.

Con información de EWTN

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