miércoles, 16 de junio de 2021
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San Quirino, Obispo y mártir, no se hundía en el río mientras rezaba por su grey

San Quirino fue primero apaleado por el magistrado Máximo, pero este no tenía autoridad para condenarlo.

Redacción (04/06/2021 07:42, Gaudium Press) San Quirino, obispo y mártir, muerto por vuelta del año 308, es recordado especialmente porque de él escribió San Jerónimo, Prudencia y Fortunato. Fue uno de los mártires que ofrecieron su sangre por Cristo en las provincias del Danubio, bajo la persecución del emperador Diocleciano, la peor de todas.

San Quirino era obispo de Siscia, una población Croata que hoy se llama Sisak.

Conoció él que se había dado la orden de aprehenderlo, y fue capturado, tras corta persecución. Fue entonces conducido ante el magistrado Máximo.

El magistrado le dijo que al poder del Emperador nadie podía resistirse, y que su Dios no podría ayudarlo en tales circunstancias. A esto respondió Quirino:

“– Dios está siempre con nosotros y puede ayudarnos en cualquier momento. Estaba conmigo cuando me atraparon y está conmigo ahora. Es Él quien me fortalece y el que habla por mi boca”.

El magistrado lo conminó para que ofreciera incienso a los dioses paganos, o si no, sufriría torturas y le sería dada una terrible muerte.

San Quirino respondió que para él los dolores y la muerte serían su gloria, y entonces Máximo ordenó que lo apalearan. A medida que esto ocurría, el magistrado seguía insistiendo al obispo en adorar a los demonios bajo las vestiduras de los ídolos, e incluso prometió hacerlo sacerdote de Júpiter si consentía en sus requerimientos.

Pero el mártir respondió con decisión: “Aquí, ahora mismo ejerzo mi sacerdocio, al ofrecerme a Dios”.

Te agradezco los golpes; no me hacen daño. Con gusto soportaría un tratamiento peor a fin de dar ánimos a todos aquellos que son de mi rebaño, para que me sigan por este atajo hacia la vida eterna”, continuó.

Se le lleva ante el gobernador en Hungría

Pero ocurría que Máximo no tenía autoridad para decretar la muerte de San Quirino, por lo que lo remitió a Amancio, gobernador de la provincia de Pannonia Prima. Fue conducido pues hasta Sabaria, actual Szombothely, Hungría.

Amancio leyó el reporte que se le hacía, y preguntó al obispo si era verdad: “He confesado al verdadero Dios en Siscia y aquí haré lo mismo, porque nunca adoré a otro. A Él lo llevo en el corazón y no hay hombre sobre la tierra que pueda separarlo de mí”, fue su respuesta.

Amancio no quería condenar a un anciano venerable como el que tenía en frente. Pero no dejó de ser instrumento de satanás, porque intentó convencerlo una vez más de adorar a los ídolos para acabar sus días en paz. Pero como San Quirino se mantuvo firme, lo condenó.

Se le ató una piedra al cuello y luego lo arrojaron a río Raab. Pero los muchos presentes pudieron contemplar cómo tardó en hundirse, mientras rezaba y pronunciaba palabras de aliento para su grey.

Río abajo, los cristianos rescataron su cuerpo. Cuando en el siglo V los fugitivos tuvieron que huir de Pannonia, invadida por bárbaros, estos llevaron las reliquias de San Quirino a Roma, que quedaron en la Catacumba de San Sebastián, hasta cuando en el año de 1140 fueron trasladadas a Santa María en Trastévere.

Con información de El Testigo Fiel

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