viernes, 27 de noviembre de 2020
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Santa Isabel de Hungría, hija de reyes, viuda joven, perseguida por el cuñado, victoriosa

Santa Isabel es uno de los mayores ejemplos en la Historia de la caridad de Cristo.

Redacción (17/11/2020 07:47, Gaudium Press) La vida de Santa Isabel de Hungría es corta, pero llena de riquezas.

Nace en ‘cuna de oro’, pero su vida es llena de cruces.

Hija del rey Andrés II de Hungría, fue llevada con apenas 4 años a la Corte de Turingia. En 1221, cuando tenía 14 años, desposa al Landgrave Luis, que pronto comprendió la grandeza y brillo de su esposa. La quería, la protegía, también en sus devociones.

Igualmente en sus limosnas, que la esposa del landgrave hacía en profusión. Era una esposa solícita, madre ejemplar. El landgrave veía como todas las noches gastaba horas en oración.

Su amor a los pobres y enfermos fue uno de los más conmovedores ejemplos de la caridad de Cristo de toda la historia de la humanidad. Un día atendió a un… leproso en… el lecho nupcial. El landgrave, por mucho que la quería le reclamó, a lo que ella respondió: “Este hombre es Nuestro Señor Jesucristo”, y en ese momento el Duque realmente vio al propio Jesús ahí, y del leproso partió un admirable humor de rosas.

Pero como era habitual en esos tiempos, el landgrave Luis debió pagar el impuesto de sangre de los nobles y tuvo que partir para la cruzada, muriendo en esas lides en el año 1227. Es decir, sólo 6 años Santa Isabel tuvo esposo.

Fue cuando el hermano del landgrave, Enrique, se apropió de los terrenos del difunto, y expulsó de su casa a la Duquesa con sus 4 hijos. Pasa ella de la opulencia a la miseria en poco tiempo. Incluso Enrique prohibió a sus súbditos socorrer a la princesa, tal fue el odio que la virtud de Isabel le suscitaba. Sólo encontró en ese primer invierno refugio en un establo de puercos.

Poco tiempo después su fortuna fue restituida, pero ella no olvidó a sus pobres, y muere en medio de ellos, el 17 de noviembre de 1231.

Cuatro años más tarde la canonizó Gregorio IX.

Dio ella el ejemplo de la constancia en las mayores desgracias, de la calma y la resignación cristiana ante la desgracia que se aproxima, que llega, y que es ofrecida a Dios en medio de la oración.

Con información de Arautos.org

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