miércoles, 17 de agosto de 2022
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Santa Marta, hermana de Lázaro y María, quien mucho bien hizo en Francia

Santa Marta por su solicitud y actividad en el servicio de Jesucristo Nuestro Señor, es invocada como protectora especial de cosas urgentes y difíciles.

Redacción (29/07/2022 09:12, Gaudium Press) Santa Marta, hermana de Lazaro y María Magdalena, por su solicitud y actividad en el servicio de Jesucristo Nuestro Señor, es invocada como protectora especial de cosas urgentes y difíciles. Es considerada la Patrona de las amas de casa y por extensión de quienes realizan trabajos en el hogar. También es patrona de hoteleros, casas de huéspedes y administradores de hospitales.

Marta significa: “Señora; jefe de hogar”

Entre las santas mujeres que seguían a Jesucristo, y hacían manifiesta profesión de ser discípulas suyas mientras estuvo en esta vida mortal, Marta fue una de las más distinguidas, no sólo por su caridad y por la alta posición social de que gozaba, sino particularmente por haber abrazado el estado de virginidad en el que perseveró toda su vida.

Tenía como hermanos a María Magdalena y Lázaro, al que resucitó Jesús. Habían heredado grandes bienes de sus padres, tocándole a Marta unas propiedades vecinas de Jerusalén, y entre ellas la casa o castillo de Betania. “Jesús amaba a Marta, a María y a su hermano Lázaro” (Juan 11,5). El Evangelio la nombra siempre primero que María Magdalena, y por eso se cree que era la hermana mayor de la familia; por lo menos era la que llevaba el principal peso de administración y de gobierno. Era su carácter dulce y amigo de hacer el bien; un juicio maduro y ejemplar, y con una modestia que la hacían amar y respetar por todos.

Sin dificultad reconoció a Jesucristo por el Mesías verdadero, y abrazó su doctrina. Apenas le oyó, cuando hizo profesión de ser una de sus más fieles discípulas.

Oyendo los elogios que de cuando en cuando hacía el Señor de la virginidad, y viendo lo mucho que le agradaba esta admirable virtud, muy presto se determinó a no admitir jamás otro esposo que al Esposo de la vírgenes. Se dedicó, pues, a la soledad y al retiro, renunciando a las vanidades del mundo; y como su hermano Lázaro era ya uno de los discípulos del Salvador, y la conversión de su hermana Magdalena, había sido de tanta edificación a todos, el castillo de Betania se convirtió, por decirlo así, como en un pequeño monasterio.

Acoge al Señor

Cuando Jesús iba Betania se alojaba en la casa de esa ilustre familia.

Nos narra San Juan en el capítulo 11 de su evangelio que cierto día Lázaro se enfermó, se agravó y empezó a dar señales muy graves de que se iba a morir. Y Jesús estaba lejos. Las dos hermanas le enviaron un empleado con este sencillo mensaje: Señor aquel que tú amas, está enfermo. ¡Qué bello modo de comunicarle la noticia!. Sabemos que lo amas, y si lo amas lo vas a ayudar.

Pero Jesús (que estaba al otro lado del Jordán) no se movió de donde estaba. Marta envía un nuevo mensajero y Jesús no viene. A los apóstoles les dice: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

A los cuatro días de muerto Lázaro, dispuso Jesús dirigirse hacia Betania. La casa estaba llena de amigos y conocidos que habían llegado a dar el pésame a las dos hermanas. Tan pronto Marta supo que Jesús venía, salió a su encuentro y le dijo: Oh Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano; pero aún ahora yo sé que cuánto pidas a Dios te lo concederá.

Le concede el pedido

Jesús le dice: “Tu hermano resucitará”.

Marta le contesta: Ya sé que resucitará el último día en la resurrección de los muertos.

Jesús añadió: “Yo soy la resurrección y la vida. Todo el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá ¿Crees esto?”

Marta respondió: Sí Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

Maravillosa profesión de fe hecha por esta santa mujer. Dichosa Marta que hizo decir a Jesús verdades tan formidables.

Jesús dijo: “¿Dónde lo han colocado?” Y viendo llorar a Marta y a sus acompañantes, Jesús también empezó a llorar. Y las gentes comentaban: Mirad cómo lo amaba.

Y fue al sepulcro que era una cueva con una piedra en la entrada. Dijo Jesús: “Quiten la piedra”. Le responde Marta: “Señor ya huele mal porque hace cuatro días que está enterrado”. Le dice Jesús “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. Quitaron la piedra y Jesús dijo en voz alta: “Lázaro ven afuera”. Y el muerto salió, llevando el sudario y las vendas de sus manos. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él”.

Ida a Francia

Al ser crucificado Jesucristo y dispersarse sus discípulos, Marta junto a sus hermanos y un grupo de fieles, se embarcaron rumbo a lo desconocido y amparados y conducidos por la mano de Dios arribaron a las costas de Marsella en Francia, donde desembarcaron. Luego se trasladaron a Aix y convirtieron mediante la predicación a los pobladores de la región.

Cuenta la tradición hagiográfica, que en un bosque, situado entre Arlés y Avignon, había por aquel tiempo un inmenso animal que creyeron ser un dragón. Esta fiera a veces salía del bosque, se sumergía en el río, volcaba las embarcaciones y mataba a cuantos navegaban en ellas.

Marta atendió los ruegos de la gente de la comarca, y dispuesta a liberarla definitivamente de ese peligro, se fue al bosque a buscar a la fiera; la halló devorándose a un campesino. Marta se acercó sin temor, la roció con agua bendita y le mostró una cruz. La bestia, al ver la cruz y sentir el contacto con el agua bendita, se intimidó y quedó como paralizada. Marta se acercó nuevamente a ella, la amarró por el cuello con el cordón de su túnica, la sacó a un claro, y allí los hombres de la comarca le dieron muerte. Desde entonces, el lugar comenzó a llamarse Tarascón que era el nombre del Dragón.

Una vez que terminó con la fiera que era el azote de la comarca, Marta decidió dedicarse al ayuno y la oración en aquel bosque; pronto se le unieron varias mujeres. Edificó entonces un templo dedicado a la Virgen María y un convento anexo en el que todas ellas organizaron su vida en comunidad a base de penitencia y oración.

En una oportunidad que Marta se hallaba predicando en Avignon ocurrió que se encontraban a la orilla de un río. En la orilla opuesta había un joven que desde su lugar no escuchaba bien la prédica; como no disponía de embarcación alguna, se decidió a cruzar el río a nado, pero a poco de iniciar la travesía, fue arrastrado por la corriente y murió ahogado. Dos días después de su muerte, lograron encontrar su cuerpo y sacarlo fuera del río. Tan pronto como lo extrajeron, lo llevaron junto a la santa, lo dejaron tendido a sus pies y le pidieron que lo resucitara. Marta se postró en tierra con los brazos en cruz, y pidió a Jesús que así como había resucitado a Lázaro también resucitara al joven, para que así movidos por el milagro se convirtieran a la fe los que allí se encontraban. Terminada la oración, tomó al joven de las manos y lo levantó del suelo, resucitado. El joven al volver a la vida recibió el bautismo.

Le avisa el momento de la muerte

Cuenta la tradición que con un año de antelación le comunicó Jesús a Marta la fecha en que había de morir. Todo aquel año estuvo aquejada de fiebres.

Unos días antes de su muerte, les dijo a los asistentes que partiría muy pronto y les pidió que mantuvieran encendidas las lámparas que ardían en la habitación hasta el momento final.

Hacia la media noche, anterior al día de su muerte, se desató un vendaval que apagó todas las lámparas. En aquel instante la habitación se llenó de demonios. Marta comenzó a orar: “Mi querido huésped, Jesucristo, no te alejes de mí, protégeme y defiéndeme de estos demonios”.

Nada más decir esto, cuando vio a su hermana María Magdalena que ya había muerto, quien con una antorcha encendida volvía a iluminar la habitación. Y a continuación apareció Cristo que le dijo: “Ven querida hospedera, ven conmigo. En adelante estarás ya siempre a mi lado. Tú me diste alojamiento en tu casa, yo te daré alojamiento en el cielo. Y por el amor que te tengo atenderé a cuantos recurran a mí pidiendo algo en tu nombre”.

Momentos antes de morir pidió que la sacaran donde pudiera ver el cielo, que la tendieran sobre la tierra y pusieran al lado suyo el crucifijo y rezó: “Señor, acoge a esta mujer que tuvo la dicha de darte alojamiento en su casa”. Y mientras los concurrentes, a pedido suyo, leían las enseñanzas de Jesús, entregó su alma.

En el sepulcro de Santa Marta comenzaron a obrarse milagros constantes.

Hoy somos mucho más afortunados que Marta porque recibimos a Jesús, no en nuestra casa, sino en nuestro corazón. El Señor se nos da mediante la Eucaristía, y en vez de afanarnos en prepararle un banquete, Él nos alimenta con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, ¡situación mucho más feliz y celestial que la de la familia de Betania que tantas veces hospedó a Nuestro Señor!

Con información de CaballerosdelaVirgen.org

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