Una comunidad cisterciense que hace poco más de 40 años estaba al borde del cierre hoy reúne a más de 30 religiosas y recibe nuevas vocaciones cada año. Su fórmula es oración, trabajo, tradición y una comunidad abierta al mundo.

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Redacción (18/08/2026 16:26, Gaudium Press) Hace poco más de cuatro décadas, la Abadía de Boulaur, en la región francesa de Occitania, parecía destinada a desaparecer. En 1981 apenas cinco religiosas permanecían en este monasterio cisterciense y la falta de vocaciones hacía cada vez más difícil mantener viva la comunidad. Hoy la realidad es completamente distinta. Más de 30 religiosas viven en Boulaur, la comunidad ha tenido que extenderse a otro monasterio y, en los últimos años, han llegado incluso seis o siete nuevas vocaciones en un mismo año. La edad media de las hermanas ronda actualmente los 40 años.
Pero, ¿Qué ocurrió?
Las religiosas aseguran que no existe una fórmula secreta. Su vida se ha mantenido arraigada en la tradición monástica, oración, trabajo, vida comunitaria y acogida. Una forma de vida que, lejos de quedar relegada al pasado, está despertando el interés de numerosas jóvenes.
La historia reciente de Boulaur está marcada por una decisión tomada en junio de 1981. La comunidad atravesaba una situación crítica y el futuro de la abadía era incierto. Las cistercienses habían sido expulsadas del monasterio en 1901 y no pudieron regresar hasta 1949. Tres décadas después, sólo quedaban cinco religiosas. En ese contexto, el abad general de la orden visitó Boulaur y pidió a las hermanas que comenzaran a rezar por intercesión de una joven que había fallecido pocos años antes, Claire de Castelbajac.
Claire había muerto en 1975, con apenas 21 años, a causa de una meningoencefalitis. Vivía a unos 25 kilómetros de la abadía y su vida espiritual ya era conocida en la región. La superiora entregó al abad un libro sobre la vida de Claire. Aunque inicialmente no estaba especialmente interesado en leer otra biografía de una joven piadosa, aquella noche decidió hacerlo. Al día siguiente quedó impresionado y afirmó que estaba convencido de que Claire era santa y que podía llegar a ser canonizada. Pero quiso una señal. Debido a la situación desesperada de Boulaur, pidió a las religiosas que rezaran por intercesión de Claire para que ese mismo año llegaran cinco nuevas vocaciones.
Parecía prácticamente imposible. La comunidad apenas había logrado mantenerse y, hasta ese momento, la tendencia había sido precisamente la contraria, cada vez había menos religiosas. Sin embargo, las hermanas aceptaron la petición y comenzaron a rezar, y ese año ingresaron cinco nuevas religiosas.
El hecho fue considerado una señal y tuvo un papel importante en la apertura del procedimiento para estudiar la posible beatificación de Claire de Castelbajac. Desde entonces, la relación entre la joven y la abadía se hizo especialmente estrecha.
En 2004, el arzobispo de Auch pidió a las hermanas que acogieran los restos de Claire en la iglesia de la abadía. Su tumba se convirtió también en un lugar de peregrinación y permitió que quienes acudían a rezar conocieran la vida de la comunidad.
Desde aquel episodio, el crecimiento vocacional de Boulaur no se detuvo. Cada año ha llegado al menos una nueva vocación y en los últimos tiempos la comunidad ha recibido grupos especialmente numerosos de jóvenes.
Pero las propias religiosas son cautelosas a la hora de hablar de un secreto, “¿Las claves de nuestro éxito? Si tuviéramos la receta la compartiríamos con todas las comunidades, porque lo que cuenta es la llamada del Señor”, explica sor Anne, mano derecha de la abadesa.
La madre Emmanuelle, abadesa de Boulaur, pone el acento en otra dimensión, “Es la intimidad de cada alma con el Señor, el misterio de la llamada que es ante todo una respuesta a Cristo”, afirma.
Pero la religiosa también reconoce que la propia comunidad tiene una responsabilidad en este florecimiento. Y plantea algunas posibles claves “¿Quizás el respeto por una tradición recibida como patrimonio, la porosidad de una valla abierta al mundo a través del trabajo así como un apoyo a medida a cada una?”.
Orar, trabajar y abrir las puertas
La vida de las religiosas de Boulaur está marcada por el tradicional principio benedictino de ora et labora oración y trabajo. Las hermanas cultivan unas 45 hectáreas, cuidan vacas, terneros, cerdos y otros animales, producen alimentos y trabajan diariamente para sostener la comunidad. La agricultura no es únicamente una actividad económica. Forma parte de su vida espiritual y comunitaria. El trabajo duro, además, se ha convertido inesperadamente en una de las principales puertas de entrada para quienes desean conocer la abadía. Un granero construido por las religiosas llegó incluso a hacerse viral gracias a un vídeo en redes sociales.
Los antiguos bueyes fueron reemplazados por maquinaria moderna, pero la esencia permanece. “Queremos permanecer fieles a esta dinámica, que impactó la economía del siglo XII, con los medios del siglo XXI: no tendremos carretas de bueyes como en la antigüedad, pero nuestros amigos estadounidenses ciertamente estarán orgullosos de nuestro tractor John Deere”, explica una de las religiosas.
Para las religiosas, el trabajo también tiene una dimensión espiritual. Sor Blandine explica que esta actividad permite estar al servicio de todos por el bien de todos. Después de una jornada exigente, interrumpida por los distintos momentos de oración, asegura que experimenta situaciones, “al entregarme físicamente me estaba entregando por completo”.
La tradición cisterciense siempre ha concedido un lugar importante al trabajo manual y al cultivo de la tierra. En Boulaur consideran que recuperar esta dimensión no significa mirar hacia atrás, sino aprender de una tradición que todavía puede tener sentido en el presente.
El crecimiento de la comunidad también ha llevado a las religiosas a asumir nuevos desafíos. Uno de ellos es el proyecto denominado Ecotono, una palabra tomada de la ecología que designa una zona de transición entre dos ecosistemas.
En Boulaur, el término representa la intención de crear un espacio de encuentro entre la vida monástica y el mundo exterior. La propuesta permitirá que los visitantes conozcan mejor el trabajo de las religiosas, su modo de vida y la espiritualidad que sostiene la comunidad. También busca ofrecer a los laicos la posibilidad de experimentar durante un tiempo algunos aspectos de esta vida entregada a Dios. Sin embargo, las hermanas son conscientes de que abrirse al mundo también requiere límites. “Es un equilibrio sutil”, explica sor Anne.
La religiosa insiste en que la acogida no puede poner en riesgo el corazón de la comunidad: “para garantizar una acogida de calidad, la abadía debe ser ante todo un lugar de oración, paz y vida comunitaria para las hermanas detrás de la valla”.
Una responsabilidad ante el crecimiento
El aumento de vocaciones, aunque recibido como una gracia, también plantea nuevas obligaciones. “Es una gracia hermosa para nosotras en una época en la que faltan vocaciones en todas partes, pero también supone responsabilidad porque debemos cuidar de todas estas mujeres, sus necesidades primarias, la atención médica y la jubilación”, señalaba sor Anne.
El crecimiento de Boulaur no se reduce, por tanto, a las cifras. Una comunidad que hace cuatro décadas estaba formada por cinco religiosas ahora debe pensar en cómo sostener a una generación mucho más numerosa de mujeres que han decidido dedicar su vida al monasterio. Las religiosas de Boulaur no consideran que hayan inventado un nuevo modelo de vida monástica. Por el contrario, creen que su experiencia demuestra que la tradición cisterciense conserva una capacidad de convocatoria que sigue vigente.
Su inspiración se encuentra especialmente en los siglos XII y XIII, cuando los monasterios cistercienses tuvieron una enorme presencia en Europa y participaron activamente en la agricultura, el comercio y el desarrollo de las comunidades locales. Hoy las hermanas intentan vivir aquella misma dinámica con las herramientas del siglo XXI.
Cultivan la tierra, cuidan animales, elaboran productos, reciben peregrinos, desarrollan nuevos proyectos y, sobre todo, mantienen una intensa vida de oración. Quizás por eso la historia de Boulaur resulta especialmente llamativa, no se trata de una comunidad que haya abandonado su identidad para atraer nuevas vocaciones. Su experiencia parece mostrar justamente lo contrario. Han profundizado en aquello que consideran esencial de su tradición y han encontrado una manera de vivirlo en el presente, y mientras muchas comunidades religiosas afrontan la falta de vocaciones, en Boulaur las jóvenes siguen llegando, la propia madre Emmanuelle recuerda que, en última instancia, la vocación no puede explicarse únicamente desde estrategias humanas, es ante todo, una respuesta personal a Cristo y para estas religiosas, todo lo demás —la tierra, los animales, el trabajo, la acogida y la comunidad— encuentra su sentido precisamente ahí.
Con información de Religión en Libertad





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