Al meditar sobre el Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto, el Santo Padre recordó que la Cuaresma es un tiempo de penitencia, lucha espiritual y renovación interior.

Foto: Vatican Media
Redacción (23/02/2026 09:46, Gaudium Press) Al comentar el pasaje del Evangelio de ayer, primer Domingo de Cuaresma, sobre las tentaciones de Jesús en el desierto, el Papa León XIV destacó que, tras ayunar durante cuarenta días, Cristo “siente el peso de su humanidad”, tanto en el aspecto físico —el hambre— como en el espiritual —las tentaciones del diablo—. Jesús experimenta “el mismo cansancio que todos nosotros vivimos en nuestro camino”. Sin embargo, al resistir firmemente, Él nos muestra cómo vencer los engaños e insidias del maligno.
Esta cercanía de Cristo con nuestra condición humana ilumina el verdadero sentido de la Cuaresma: un tiempo en el que el fiel nunca enfrenta sus pruebas solo, sino que es acompañado por Aquel que ya ha derrotado el mal de forma definitiva.
Cuaresma: un camino de renovación de la vida
El Papa describió la Cuaresma como un itinerario luminoso que nos permite “renovar nuestra cooperación con el Señor en la realización de la obra maestra única que es nuestra vida”. Por medio de la oración, el ayuno y la limosna, permitimos que Dios elimine las manchas y cure las heridas que el pecado puede haber causado en ella, y nos comprometemos a hacer florecer nuestra vida en toda su belleza hasta la plenitud del amor, única fuente de la verdadera felicidad.
León XIV reconoció que este camino es exigente y puede traer el riesgo del desánimo o de la búsqueda de falsas seguridades. Refiriéndose a las tentaciones enfrentadas por Jesús, advirtió contra “formas de gratificación menos arduas, como la riqueza, la fama y el poder”. Estas seducciones, advirtió, son solo “míseros sustitutos de la alegría para la que fuimos creados y, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos”.
En contraste, la penitencia cristiana nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y, con la ayuda de Dios, vivir una comunión cada vez más intensa con Él y entre nosotros. Citando a San Pablo VI, el Papa recordó que la penitencia “lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su movimiento hacia un horizonte que tiene como finalidad el amor y el abandono en el Señor”.
Una Cuaresma concreta
En un llamado práctico y directo, el Santo Padre exhortó a los fieles a practicar generosamente la penitencia mediante la oración y las obras de misericordia. Invitó especialmente a “abrir espacio para el silencio”, apagando al menos un poco los televisores, radios y smartphones, para favorecer la meditación en la Palabra de Dios, la participación en los Sacramentos y la escucha atenta a la voz del Espíritu Santo.
El Papa también destacó la importancia de la escucha mutua en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Pidió atención especial a quienes viven solos —en particular los ancianos, los pobres y los enfermos— y al compartir de manera concreta con quienes carecen de lo necesario, renunciando a lo superfluo.
Citando a San Agustín, León XIV recordó que “la oración, hecha con humildad y caridad, con ayuno y limosna, con templanza y perdón, distribuyendo los bienes y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y haciendo el bien” (cf. Sermón 206, 3), alcanzará el Cielo y nos dará paz.
Al concluir, el Papa confió “nuestro camino cuaresmal a la Virgen María, la Madre que siempre asiste a sus hijos en los momentos de prueba”.





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