jueves, 04 de junio de 2026
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El origen de la Solemnidad del Cuerpo del Señor o Corpus Christi

Un portentoso milagro está en la raíz de la tradicional Fiesta de Corpus Christi, celebrada solemnemente en todo el mundo católico. “Aunque renovamos cada día en la Misa el recuerdo de la institución de este Sacramento, estimamos sin embargo conveniente que sea celebrado más solemnemente al menos una vez al año, para confundir particularmente a los herejes” (Papa Urbano IV).

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Redacción (04/06/2026 16:16, Gaudium Press) En el lejano año de 1263, caminaba hacia Roma un sacerdote de nombre Pedro, originario de Praga, según la tradición. Muy tentado en su creencia en la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, realizaba una peregrinación para revigorizar su fe vacilante, pues su identidad sacerdotal estaba en juego en aquel atormentado período de su vida. Al acercarse a Bolsena, decidió entrar en la ciudad para postrarse ante el sepulcro de Santa Cristina —mártir de los primeros siglos del Cristianismo, de quien era muy devoto— y allí celebrar la Eucaristía.

Durante la Misa, le volvió a la mente la atroz duda que lo atormentaba, y pidió con insistencia la intercesión de la Santa para alcanzar aquella misma fortaleza en la Fe que la llevó a enfrentar el martirio.

En el momento de la Consagración, sosteniendo la hostia entre sus manos, pronunció las palabras rituales: “Este es mi Cuerpo…”. Inmediatamente ocurrió el milagro: la hostia adquirió una tonalidad rojiza y comenzó a gotear sangre, que cayó copiosamente sobre el corporal. Los fieles presentes también pudieron contemplar el acontecimiento y, estupefactos, lo comentaban con la vivacidad característica de la región.

¿Cómo proseguir la celebración después de tan impresionante manifestación divina? Le faltaron fuerzas al sacerdote. Poseído de inmensa alegría y, al mismo tiempo, de una gran conmoción, interrumpió la Misa, envolvió en el corporal las especies eucarísticas y se dirigió a la sacristía.

Su torturante duda había quedado deshecha; sentía el alma llena de Fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y el corazón rebosante de gratitud a Dios y a su santa intercesora.

Pasados los primeros momentos de intensa emoción, decidió ir sin demora a comunicar el milagro al Papa Urbano IV, que entonces residía temporalmente en la vecina ciudad de Orvieto. Deseaba también confesarle al Vicario de Cristo su pecado de duda y pedirle la absolución.

Averiguaciones y confirmación del milagro

Con toda paternalidad, el Pontífice lo recibió, junto con los clérigos y demás testigos del prodigio. Después de escuchar con atención todos los detalles del acontecimiento, resolvió enviar a Bolsena una comisión encabezada por el propio Arzobispo de Orvieto —se dice que de ella formaban parte Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura— encargada de realizar una rigurosa verificación de los hechos y, de confirmarse el milagro, traer las preciosas reliquias hasta él.

Tras cuidadosas verificaciones, la comisión concluyó que había ocurrido realmente un milagro. Se formó entonces una esplendorosa procesión para conducir las inapreciables reliquias. De ella participaban los dignatarios y una multitud de fieles de la ciudad de Bolsena, agitando ramas de olivo. A su encuentro, vino de Orvieto otra procesión, formada por el Papa, su corte, los miembros del clero y numeroso pueblo.
Urbano IV se postró de rodillas en tierra para recibir la Sagrada Hostia envuelta en el corporal de lino impregnado de la Preciosísima Sangre de nuestro Redentor. A continuación, se dirigieron todos hacia la antigua catedral. Allí, las Sagradas Especies y el corporal fueron mostrados al público, exultante de alegría y emoción, antes de ser colocados en el sagrario.

Al igual que toda la Iglesia, el Papa conocía el famoso milagro de Lanciano, en el que la hostia y el vino consagrados se transformaron en carne y sangre visibles y tangibles, conservándose así, sin descomponerse, desde el siglo VIII. Además, él había sido confidente de Santa Juliana de Mont Cornillon, quien en visiones místicas recibió del Cielo el encargo de transmitir a la Iglesia el deseo divino de que fuera incluida en el Calendario Litúrgico una fiesta en honor de la Eucaristía.

Santa Juliana de Mont Cornillon

En 1208, cuando contaba apenas 16 años, Juliana fue objeto de una singular visión: un refulgente disco blanco, semejante a la luna llena, con uno de sus lados oscurecido por una mancha. Tras algunos años de intensa oración, le fue revelado el significado de aquella luminosa “luna incompleta”: simbolizaba la Liturgia de la Iglesia, a la que le faltaba una solemnidad en alabanza al Santísimo Sacramento. Santa Juliana de Mont Cornillon había sido elegida por Dios para comunicar al mundo ese deseo celestial.

Más de veinte años transcurrieron hasta que la piadosa monja, venciendo la repugnancia nacida de su profunda humildad, se decidiera a cumplir su misión relatando el mensaje que había recibido. A petición suya, fueron consultados varios teólogos, entre ellos el padre Jacques Pantaléon —futuro Obispo de Verdún y Patriarca de Jerusalén—, quien se mostró entusiasta ante las revelaciones de Juliana.
Transcurridas algunas décadas, y ya después de la muerte de la santa vidente, quiso la Divina Providencia que él fuera elevado al Solio Pontificio en 1261, tomando el nombre de Urbano IV.

Institución de la Fiesta del Cuerpo de Dios

Y ahora, ante lo ocurrido en Bolsena, no le quedaba a Urbano IV ninguna duda sobre lo que le correspondía hacer.

Así, el 11 de agosto de 1264, mediante la bula Transiturus de Hoc Mundo, instituyó la Fiesta de Corpus Christi, extendiendo a todo el orbe cristiano el culto público a la Sagrada Eucaristía, que hasta entonces se celebraba únicamente en algunas diócesis, por influencia de Santa Juliana.

Cincuenta años más tarde, el Papa Clemente V hizo obligatoria la celebración de esta Fiesta de la Eucaristía. Y el Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, oficializó las procesiones eucarísticas como acción de gracias por el don supremo de la Eucaristía y como manifestación pública de fe en la presencia real de Cristo en la Hostia Sagrada.

Quedaba así instaurada en toda la Iglesia la «Fiesta en que el Pueblo de Dios se reúne en torno al tesoro más precioso heredado de Cristo, el Sacramento de su propia Presencia, y Lo alaba, canta y lleva en procesión por las calles de la ciudad» (Juan Pablo II, Homilía durante la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, 14/6/2001).

Para contener las preciosas reliquias del milagro de Bolsena, la piedad católica mandó confeccionar un espléndido relicario y, después, erigir la bellísima Catedral gótica de Orvieto, cuya colorida fachada es todavía hoy objeto de admiración en todo el mundo.

Por el P. David C. Francisco, EP

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