miércoles, 19 de junio de 2024
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Felicidades inocentes, felicidades católicas, no las ‘felicidades-droga’

…Más o menos ese ‘camino-droga’ se plantea a la generalidad de los hombres así: ‘¿Tuvo placer tomándose la cerveza tal? Pues tome una, tome dos, tome muchas, que así alcanzará felicidad’…”

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Foto: Silviu Zidaru en Unplash

Redacción (13/02/2024, Gaudium Press) La cuestión que motiva este artículo se plantea así:

Todo hombre necesita algo de felicidad, aquí en la Tierra, aunque sea imperfecta, si no muere, dice Santo Tomás y el sentido común. Además todo hombre busca la felicidad total, que en la definición de Santo Tomás es la posesión del “bien perfecto que excluye todo mal y llena todos los deseos” (S Th I-II, 5, 3)

Sin embargo, hay una búsqueda y un tipo de ‘felicidad’ que lleva al vicio, que es, para decirlo rápidamente, el estilo o la fórmula Hollywood, agitada, de meros placeres materiales, sensuales, que se van deseando y requiriendo en mayor intensidad a medida que van perdiendo su ‘sabor’, que van volviendo raquíticas las facultades de la inteligencia y la voluntad, que son placeres superficiales y rápidamente pasajeros, que llevan a todos los vicios y terminan esclavizando y frustrando al hombre.

Resumiendo, es ese el estilo de ‘felicidad’ del drogadicto, que prueba primero un poco de droga, la cual le causa un placer muy intenso meramente físico, embriagante, que cuando prueba otra vez le causa menos placer pero también intenso, por lo que busca aumentar la dosis para mantener o aumentar su ‘felicidad’, en un proceso en el que se va volviendo progresivamente dependiente de los químicos, para al final del camino no tener ya placer sino destrucción.

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Foto: Drew Farwell en Unplash

Más o menos ese “camino-droga” se propone a la generalidad de los hombres así: “¿Tuvo placer tomándose la cerveza tal? Pues tome una, tome dos, tome muchas, que así alcanzará felicidad”. O “¿se sintió feliz cuando viajó a la ciudad tal? Pues vuelva a viajar, viaje pronto, viaje mucho, goce mucho, para que pueda ser feliz”

Pero si se afirma que ese es un camino-droga la pregunta que se plantea es: ¿el catolicismo dice entonces que una buena cerveza no es causa de felicidad?; o una más de fondo: ¿cuál es la felicidad que ofrece el catolicismo aquí en la Tierra?

Alguna persona de buen espíritu diría rápidamente que sí, que el catolicismo ofrece el Cielo en el más allá, y en esta vida las consolaciones espirituales que frecuentemente Dios envía a través de la oración y sus sacramentos. Y de hecho la vida de piedad es fundamental, porque sin oración y sacramentos no hay gracia, que es el auxilio fundamental de Dios para las pruebas de esta vida.

Pero una visión que se quedase ahí sería insuficiente, porque casi que estaría excluyendo las muchas felicidades castas, serenas, con templanza, no Hollywood, también de base sensible, que se tienen en esta vida, y que sirven de refresco o aliciente para la lucha de todos los días. Esa fórmula simple no explica si se pueden vivir cristianamente los placeres sensibles, ni cómo hacerlo.

En anterior nota explicamos que sí hay la posibilidad de una delectación sacral de los placeres sensibles, cuando estos —trabajados por la inteligencia y mejor si es iluminada por la fe— buscan de forma implícita o explícita la huella de Dios en la Creación. Es decir, una cerveza, tomada con templanza, no atragantándose, contemplándola, analizando su sabor, su color, sus diversas tonalidades, el collar de espuma blanca que le sirve de corona, la manera como las burbujas ascienden pequeñas a la superficie formando pequeñas perlas doradas, pensando en qué esta criatura ‘cerveza’ es un reflejo dorado de las perfecciones doradas de Dios, esa es una delectación sacral, sapiencial, contraria a ese remolino de la delectación Hollywood, y que no envicia, sino que eleva. El prof. Plinio Corrêa de Oliveira decía que esa forma de deleite sacral era tan legítima, que realizada de esa manera se podría incluso comer un éclair en presencia del Santísimo Sacramento.

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Foto: Fábio Alves en Unplash

Pero también repetíamos el aforismo del Dr. Plinio, de que la sucesión de deleites meramente para la fruición de los sentidos y que no tienen en su perspectiva implícita o explícita a Dios, peor cuando son agitados, desordenan el espíritu, e incluso aunque no sean directamente pecaminosos preparan el yugo tiránico de la sensualidad y por tanto el pecado. Si tomo una cerveza en concurso de velocidad, y luego otra, y otra, buscando solo sentir su frío, su sabor y los efectos de su alcohol, pues puedo estar tomando más bien la autopista rumbo al alcoholismo y a otros vicios nada placenteros.

En las siguientes líneas profundizaremos en un tipo de análisis y consideración de la realidad, sapiencial, que no deja de tener su aspecto sensible, muy humana, que termina siendo placentera, que es básicamente natural pero sobre la cuál Dios con frecuencia rocía su sobrenatural. Es un placer que puede encontrarse en el día a día, y no solamente cuando se va a la  iglesia o tomamos un rosario (a veces esto se deber hacer no en el placer sino en la aridez…), que es lo que insinúa una visión limitada de la felicidad católica.

Entre tanto desde ya decimos que no debemos albergar la esperanza de que nuestra vida sea solo placer, pues el bien sufrir es también necesario en este valle de lágrimas y hasta es necesario para alcanzar en esta vida la felicidad, como también fue expuesto en nota anterior.

Leer también: Pía la Shitzu, Madame Vigée Lebrun y la verdadera felicidad de los hijos de Dios

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Un día, a poco tiempo de fallecer, el prof. Plinio Corrêa de Oliveira decía a algunos de sus discípulos que si él tuviera tiempo, que ya no lo iba a tener —se ve que sentía sereno a la muerte acercarse—, se dedicaría a hacer un curso con los más jóvenes de ‘metafisicación’ de la realidad. Y después de terminado el curso, se acercaría a los más viejos y les diría al oído que ellos también precisaban hacer ese estudio.

En dicha reunión, el Dr. Plinio afirmaba que ese estudio buscaría habilitar a las personas a producir reflexiones como las que él plasmaba en la sección Ambientes, Costumbres y Civilizaciones del órgano mensual Catolicismo, publicadas entre las décadas de 1950 y 1970 del siglo pasado, reflexiones que afirmó habían sido bastante menospreciadas por sus hijos espirituales y que sin embargo se encontraban en el núcleo de lo que podía llamar su carisma. Por lo demás, constantemente y hasta el final de sus días, el Dr. Plinio insistió en consideraciones en la línea Ambientes, Costumbres, que eran justamente eso, un buscar el mensaje ‘metafísico’ del Universo, ese mensaje profundo del que la realidad era vehículo y también símbolo, ese buscar en la cerveza no solo el líquido frío con alcohol que conmociona el cuerpo, sino los reflejos de Dios que ahí se encuentran.

En la revista Dr. Plinio, particularmente en su sección Luces de la Civilización Cristiana, se pueden encontrar conferencias del pensador brasileño posteriores a la década del 70 que eran hijas más que legítimas y continuación de los artículos publicados en la sección Ambientes, Costumbres y Civilizaciones, pues la ‘metafisicación’ de la realidad era uno de sus temas más entrañados, tanto, que mereció abundantes líneas en su Autorretrato Filosófico.

Allí, el Dr. Plinio definía esos escritos como la legítima expresión de una escuela intelectual, donde se realizaba un análisis de elementos del pasado y del presente, mostrando a los lectores fotos de monumentos, fisonomías típicas, obras de arte, formas de vestir, formas de ser, etc., los cuáles eran analizados a la luz de su inmortal ensayo Revolución y Contra-Revolución (R-CR).

Esos análisis, buscaban mostrar que “la vida de todos los días, en sus aspectos ápices o triviales, es susceptible de ser penetrada por los más altos principios de la Filosofía y de la Religión. Y no sólo penetrada, sino también usada como medio adecuado para afirmar o negar –de manera implícita, es verdad, pero insinuante y actuante– tales principios. De tal forma que, frecuentemente, las almas son modeladas mucho más a través de los principios vivos que inundan y embeben los ambientes, las costumbres y las civilizaciones, que por las teorías a veces estereotipadas e incluso momificadas, producidas a espaldas de la realidad, en alguna oficina aislada, o puestas en letargo en alguna biblioteca empolvada. De ahí que la tesis de Ambientes, Costumbres y Civilizaciones consista en que el verdadero pensador también debe ser, normalmente, un observador analítico de la realidad concreta y palpable de todos los días. Si es católico, ese pensador tiene además el deber de buscar modificar esta misma realidad en los puntos en que contradiga a la doctrina católica”. (1)

Era lo que el Dr. Plinio hacía en su vida diaria, y plasmaba en las notas de Ambientes, Costumbres, Civilizaciones.

Monje

Como por ejemplo cuando escribió “¿El hábito no hace al monje?” analizando fotos de Guillermo II, el último Káiser, unas en uniformes militares y las otras en traje civil de su época: “Se diría que no se trata de la misma persona. [En trajes civiles] Su personalidad aparece desteñida y su actitud forzada. Sus cualidades militares se vislumbran en medida suficiente como para contrastar con la indumentaria. Si el Káiser y todas sus tropas tuviesen que usar tales trajes civiles, ¿el ejército alemán habría sido lo que fue? Evidentemente no. Porque si el uniforme no hace al buen soldado, ayuda mucho al militar a adoptar el espíritu de su clase…” El Dr. Plinio analizó metafísicamente y serenamente dos realidades, la del Kaiser militar y la del Káiser a lo dandi, las comparó, sacó sus conclusiones, nos ofreció sus enseñanzas, y en ese escudriñar y exprimir el jugo interno de la realidad, fue feliz.

carruaje

O como cuando publicó “Carruaje o trono ambulante”, analizando un coche de otros tiempos, magnífico, mostrando cómo perfectamente se podía combinar la practicidad y el confort con la elegancia y la belleza, buscando el bien no solo del cuerpo sino también del alma: “Todo en él fue estudiado en función del pasajero. En primer lugar, considérese la parte práctica: las ruedas y los muelles para que, en los caminos de aquel tiempo, el carruaje se moviera sin ser sacudido. Sin embargo, más allá de ese aspecto práctico, hubo la intención de hacer bien al pasajero, y decorarlo con formas elegantes. ¡Notamos elegancia, espíritu práctico y confort! Observen también los bellos cristales luminosos para adornar las ventanas. Estas, cuando son abiertas, llenan de aire fresco este trono ambulante. Pintada con lindos adornos, percibimos por los dibujos y por los colores una realidad toda ella de fantasía, que está magníficamente representada. El carruaje es un verdadero cofre, en el cual viaja esta joya de la naturaleza que es la criatura humana. El hombre es el rey del universo visible. Se diría que fue hecho para realzar la imponencia del caballero y la frágil distinción de la dama”.

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O cuando criticaba algunas representaciones de los ángeles buenos propios a cierta piedad dulzona y falta de hombría, que mostraba a los ángeles como “seres insípidos y sin valor”, con rostros “carentes de aquella fuerza, de aquella inteligencia de aquella penetración y de aquella sutileza propias de la naturaleza angélica, con las que se representa siempre a satanás”. Al demonio siempre se le representa “como inteligente, vivo capaz, y representando siempre como lo hace cierta iconografía azucarada a los ángeles buenos como seres flojos, inexpresivos, casi tontos, ¿qué impresión se crea en el alma popular? Una impresión de que la virtud produce seres desfibrados y abobados, y el vicio por el contrario, forma hombres inteligentes y varoniles”.

El Dr. Plinio enseñaba de esta manera a degustar la realidad para identificar su mensaje, un mensaje que no es tan evidente, que es implícito pero muy real, que a todos influye, pero que cuando es descubierto, nos permite aceptar su influencia o rechazarla.

Era este un ejercicio delicioso, sensible pero sobre todo espiritual, hecho con serenidad, con templanza, usando no solo la sensibilidad sino también la razón, buscando a Dios o el rechazo de Dios presente en los seres creados. Era un ejercicio sin duda productor de felicidad, un ejercicio que también es oración, y que se apoya en lo que se debe apoyar la vida de todo hombre, como son los sacramentos y la oración, sin los cuáles no se hace nada de bueno en la vida espiritual.

Es el ejercicio de la contemplación de Dios en el Orden de la Creación.

También incluso, tomando una buena cerveza.

Por Saúl Castiblanco

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1 Tomado de HACIA UNA IDENTIDAD DEL CARISMA DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO: EL ADOLESCENTE PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA QUE NO ACEPTÓ LA BRUTALIDAD NEOPAGANA DE LOS AÑOS 20 DE SU SIGLO, por el P. SANTIAGO IGNACIO MORAZZANI ARRÁIZ, EP, pág. 158.

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