viernes, 29 de mayo de 2026
Gaudium news > Padre Carlos, o de esos hombres que terminan de modelar una nación

Padre Carlos, o de esos hombres que terminan de modelar una nación

Nunca había llorado tanto en mi vida, ni siquiera cuando falleció el Dr. Plinio…”

Padre Carlos

(29/05/2026 10:54, Gaudium Press) Nunca había llorado tanto en mi vida, ni siquiera cuando falleció el Dr. Plinio.

Ya no me acuerdo como me enteré, de hecho mi mala memoria me hace temer la demencia en la senectud. Pero lo que sí recuerdo fueron tres días de unas lágrimas que no cesaban, a las que en un momento quise poner dique, débil muro destruido por cualquier leve arroyo: el Padre Tejedor había fallecido, y el llanto evidenciaba cómo su figura estaba enraizada en el corazón, aunque no lo supiera. Eso ocurría el 29 de mayo de 2021, exactamente hace cinco años.

Una cierta vergüenza por mis ojos enrojecidos en el velorio que se hacía en la casa de los ‘Caballeros de la Virgen’ fue bastante paliada cuando pude contemplar a un digno sacerdote y general que estaba tanto o más emocionado que yo, y que rezaba por largos momentos junto al cuerpo del Padre Carlos, que imponente y acogedor en su hábito marrón se encontraba expuesto en la colorida capilla gótica: es que él Padre Carlos había sido un padre para muchos, y al parecer también para ese sacerdote-militar.

Padre Carlos 2 700x700 1

Cuando lo conocí en el año 89 don Carlos ya tenía algunas canas, pero conservaba toda la vitalidad de una madurez aún joven, pura, varonil, franca y simple, alejada de esos retortijones entre furiosos y deprimidos que a veces nos dan en el espíritu a los descendientes de los indios, frutos aún de cierta barbarie, creo; con él no: su estabilidad y claridad, argumentada, firme y serena incluso en medio del dolor, fue para todos los que convivimos con él roca firme, en la cual asirnos en nuestras tempestades emocionales y espirituales.

Ya son cinco años de la muerte de don Carlos Tejedor, y él no se olvida, lo que ya es una característica de los santos, dicen los que saben.

Recuerdos del querido Padre Carlos son muchos.

Por ejemplo, recuerdo ese día en que me mandó llamar a su despacho:

Sr. Saúl, le tengo un trabajo.

Praesto Sum, contesté como era de uso.

Aquí esta esta fita (una cinta de grabación que ya no conocen los jóvenes, cuando aún se usaban esos cuadritos de pasta transparente, de dos huecos en el centro con dientes, con una larga y delgada cinta plástica café en su interior, y con lado A y lado B), necesito que traduzca el lado A. Debía traducir del portugués al español, que todos en la casa farfullábamos más o menos la lengua de Camoens, por ser la lengua del Dr. Plinio.

Me fui a la oficina, prendí el ordenador, y cuando doy play a la grabación, para mi sorpresa, justo en ese momento don Carlos hacía una justa queja de mi conducta días atrás, siempre con serenidad de ánimo. Quedé estupefacto ¿Me había hecho traducir eso a propósito, para que no me quedara duda de lo que opinaba?

Me decidí a comprobarlo.

Regresé con paso y actitud sibilina, toqué la puerta de su despacho con fuerza y corrección saint-simoniana, y sin previo aviso, lo que era ya una impertinencia, dí play a la fita exactamente en el sitio en el que él manifestaba sus pesares por mi conducta. Quería ver su reacción.

Pobre don Carlos, ya curtido por los años, los sufrimientos y las luchas, pero le iba otro pinchazo. Su rostro cambió de colores, caminó algo así del pálido blancuzco al de pómulos enrojecidos. Se había equivocado de fita, y nunca había querido darme esa.

Me reafirmo en todo lo que ahí se dice, atinó a expresar, manifestando cierta seguridad, pero en el fondo con algo de pena.

Una vez más, y por un rayo de la gracia, pude vislumbrar su rectitud, inocencia, y cuanto en lo expresado brillaba solo el amor a Dios y nada del propio. Con una leve sonrisa algo fingida, y sin dejarle la grabadora y ni una palabra, me retiré a meditar edificado, en su virtud y en mis pobres cuitas.

Un día me contaron que el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira habría dicho que los argentinos tenían el ‘jeito’ para mandar colombianos: ya creo saber el por qué, pensando en la persona del que sería años después el Padre Tejedor, ordenado en la primera leva de sacerdotes de los Heraldos del Evangelio.

Es esa estabilidad de la que hablé arriba, fruto de espíritus que gustan de los principios explícitos, de conductas guiadas y sostenidas por una doctrina propia, que cuando es verdaderamente católica penetra hasta los huesos, modelando no solo la cabeza sino también la emocionalidad: no recuerdo ni una vez haber visto a don Carlos en ‘baixa’, en ‘depre’; serio sí, regañón casi nunca, normalmente con un ánimo de energía, y en la medida en que fueron pasando los años, de cada vez más bondad, afectiva, alegre, nunca sentimental. Encontrarse con don Carlos era sinónimo de recibir un buen shot de ‘santa adrenalina’.

6 11

Al final de su vida, tuve la gracia inmensa de tener bastante cercanía con el P. Carlos Tejedor. Para mí eso representa un consuelo personal, por los no pocos sufrimientos que pude haberle causado en épocas pretéritas. Cercanía que solo habla de su bondad, porque no recuerdo ni una vez, a pesar de sus múltiples ocupaciones hasta el final de sus días, en que no me hubiera atendido, sea por cuestiones de trabajo, simplemente de mi parte para tener el placer de escucharlo. Él sabía perfectamente que a veces esa llamada para tratar tal asunto era solo la excusa para saludarlo, pero siempre era solícito, buscando hacer el bien.

La figura del Padre Carlos —eso pasa también con los grandes hombres— va adquiriendo su verdadero tamaño con el paso de los días, tras su partida a la otra vida. Es una especie de santo impuesto que la Providencia los hacer pagar aquí, que los que tienen a su cercano lado no perciben su grandeza sino cuando ya hay de por medio kilómetros y la eternidad.

Hoy, tras cinco años del fallecimiento del Padre Carlos, creo que su figura va tomando proporciones de patriarca. Me explico.

Una nación nace por un designio divino: es un carisma que Dios da a un pueblo, que se va desarrollando a medida que pasan los años. Nace Francia cuando Clovis se convierte al cristianismo, bajo el amparo de las gracias conquistadas por Santa Clotilde. Pero la vocación de ese país también va siendo modelada por las grandes figuras que Dios va suscitando en su historia, un San Luis Rey, una Santa Juana de Arco, que son como cinceladas posteriores y necesarias a aquellas iniciales de cuando dio inicio la nación.

El Padre Carlos vivió más de la mitad de su vida en el país donde entregó sus energías para el apostolado, y al final tenía muchos rasgos de esa nación joven, con una identidad que aún se está definiendo. Sin dejar de ser argentino, el Padre Carlos no solo había asumido rasgos del país, no; era algo más que eso…

Era como si su espíritu resumiese los aspectos sublimes de su pueblo adoptivo, lo que su pueblo adoptivo debería ser en la línea de su vocación, junto con las mejores cualidades de su tierra natal, elementos también necesarios para que las cualidades de su pueblo de adopción aflorasen. Así son los santos, no solo son la obra de Dios, sino el espejo en el que ese pueblo se debe mirar para caminar hacia lo que quiere Dios. En ese sentido el Padre Carlos es medio patriarca de un pueblo.

Hoy, a cinco años de su fallecimiento, y siempre respetando el juicio de la Santa Iglesia, no tengo temor a decir:

Querido y recordado Padre Carlos, ruega por nosotros, los que aquí quedamos. Y no deje de velar por su pueblo de adopción.

Por Saúl Castiblanco

Deje su Comentario

Noticias Relacionadas