lunes, 26 de octubre de 2020
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Santa Pelagia, la que abandonó su vida de pecado y vivió en una gruta en Jerusalén

Ya en la gruta, Santa Pelagia ocultaba por prudencia su condición femenina.

Redacción (08/10/2020 08:15, Gaudium Press) La vida de la Santa de hoy, Santa Pelagia, es una historia de conversión.

Era la mitad del S. V en Antioquía.

Cuando era muy joven había comenzado a recibir la doctrina cristiana, pero había abandonado el camino de los catecúmenos.

Y se había dedicado a las danzas sensuales, procaces.

Pero Dios le tenía reservado un encuentro salvador. En el año 453 se encuentra con Nono, que caminaba a Edesa, de donde había sido escogido como obispo. Había vivido como anacoreta del desierto en Tabenas.

Como por curiosidad, un día Pelagia entró a un templo, y escuchó predicar a este obispo de la misericordia divina, del Dios que continuamente llama a la conversión, y se sintió conmovida, y decidió mudar de vida.

Conversión radical

Entonces escribió al obispo: “Al santo discípulo de Jesús: He oído decir que tu Dios bajó del cielo a la tierra para salvación de los hombres. Él no desdeñó hablar con la mujer pecadora. Si eres su discípulo, escúchame. No me niegues el bien y el consuelo de oír tu palabra para poder hallar gracia, por tu medio, con Jesucristo, nuestro Salvador.”

El obispo Nono la recibió, la volvió a llevar al camino del catecumenado, hizo que se bautizara, que recibiera la primera comunión.

La conversión fue completa, radical: repartió sus joyas y bienes entre los pobres, liberó a sus sirvientes, y con una simple túnica abandonó Antioquía para ir a Jerusalén.

En las cercanías de esta ciudad halló una gruta donde ella a su vez se volvió ermitaña, anacoreta, como su preceptor Nono.

Por prudencia ocultó su condición de mujer, y decía que se llamaba Pelagio.

Y ocurrió que un diácono del obispo escuchó hablar de un santo ermitaño que se llamaba Pelagio y pidió autorización al obispo para visitarlo. Fue así, que pudo conversar con ‘el anacoreta’, se admiró con su vida, y luego lo vio regresar a la cueva para seguir su vida de piedad. Y el diácono regresó a su sede. Pero cuando volvió, encontró muerto al ermitaño. Luego se dispuso a ungirlo con mirra, y ahí se reveló que este era una mujer, Pelagia, la penitente de Antioquía.

Entonces llegaron de monasterios de mujeres que había en Jericó y en el río Jordán y dieron sepultura solemne al cuerpo de Pelagia. Todo, el 8 de octubre del 468.

Con información de la Archidiócesis de Madrid

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